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jueves, 11 de julio de 2013

Lunático


Se levanta a mediodía. No oyó el despertador que había puesto la noche anterior y que estaba programado para las nueve de la mañana. Se acostó tarde viendo televisión para conciliar el sueño. Eran las tres cuando apagó la tele. Ahora tiene treinta minutos para llegar a la cita con su novia en el café. Él sabe que no llegará a tiempo.

Anoche, antes de rendirse ante la televisión trataba de terminar el capítulo de la novela que escribe. Después de meses de rutina de escritura y encierro encontró que había perdido el gusto por su actual trabajo. Para que lograra salir a la calle en estos días, su novia tenía que exigirlo después de una buena pelea. Ahora le da igual terminar o no con su novela y va a encontrarse con su novia. 

Entra al baño con el periódico del día, luego de mandarle un mensaje de texto en el que dice que va en camino. Abre la llave de la ducha y se sienta en el inodoro mientras sale el agua caliente. Termina y se afeita en la ducha. Se lava el pelo con bálsamo de manzana. Le encanta ese olor y pierde la noción del tiempo mientras el agua caliente corre por su cuerpo.  

Se viste y sale a comprar cigarrillos a la tienda de la esquina. Camina mientras el cigarrillo está encendido y cuando lo termina para un taxi en la calle. Llega al sitio y su novia lee un libro mientras toma un café. La saluda con un beso en la mejilla y ella apenas lo mira.

- Llegas tarde otra vez –dice ella.
- Me desperté a mediodía, dormí mal.
- Hace una hora dijiste que estabas en camino.
- Así fue. Mi camino comenzó al salir de la cama.
- ¿Alguna vez has pensado en que voy a cansarme de todo esto?
- Pero aún no ha llegado ese momento, ¿es verdad?

Ella lo mira fijamente a los ojos. Él sabe la respuesta y una risa comienza a dibujarse en su cara; también en la de ella. Le da un beso largo y suave mientras acaricia su cara. Le encanta su olor a flores y por primera vez en el día se siente tranquilo. Pide una cerveza al mesero y ella termina su café. 

- No. Aún no llega ese momento. Pero no te confíes demasiado –dice ella.
- Nunca lo hago. Es solo que no tuve una buena noche.
- ¿Escribiste algo de tu novela?
- No. No encuentro el ritmo para terminar.
- ¿Por qué?
- Todo lo que hago es obvio. Ya lo he visto antes, es predecible y aburrido. No me siento cómodo con el final de la historia.
- ¿No estarás siendo demasiado duro contigo?
- Claro que lo soy. Y no hay otra manera de serlo. De lo contrario me convertiría en un ser complaciente y sin criterio. Un narrador sin originalidad. Un novelista sin alma.
- Eres muy bueno para el drama –dice ella mientras se ríe y le toma la  mano. ¿Nunca pensaste en ser actor?
- No soy tu payaso y hablo en serio -le responde mientras suelta su mano.
- Pero no te molestes, solo era una broma.
- No tomas en serio mi trabajo. ¿Cómo pretendes que me ría de mi condición de escritor en medio de un bloqueo?
- Tal vez si te rieras más encontrarías el camino.
- ¿Y cómo diablos va a ser eso?
- Solo deja de ser tan serio –le dice mientras su mano blanca y delicada pasa por debajo de los botones de la camisa y le hace cosquillas cerca al ombligo.
- ¿Crees que estoy loco? –responde mientras se ríe. 
- No, loco no. Estás algo lunático y no dormiste bien –ella lo besa y toma su mano de nuevo. 
- Eso me gusta.
- ¿Qué cosa?
- Ser un lunático. Está claro que no soy un tipo del día.
- Eres un flojo en las mañanas.
- Me gusta dormir hasta que sale el sol. Y protegerme de él.
- ¿Protegerte del sol?
- Sí, tanta luz me agobia. No me deja pensar bien.
- ¿Así que ahora no piensas bien?
- No del todo.
- Voy a aprovecharme de eso –dice ella mientras lo besa de nuevo.
- Te quedan un par de horas hasta que sea yo el que se aproveche –responde él y termina su cerveza.

Llega el almuerzo, comen paninis de prosciutto y toman vino. Es una buena tarde, el sol comienza a bajar y la temperatura es perfecta en la terraza. Luego de la comida toman otra botella de vino y los besos y risas continúan. Él piensa que días así no deberían terminar nunca. Pero no se lo dice. Piensa que ella lo sabe y que su mirada, sus besos, lo dicen sin palabras. 

Para cuando llega la noche están algo borrachos. Ella tiene una cena de familia y él le prometió acompañarla, luego de la pelea de la semana pasada. Ella ve la hora en su reloj y se preocupa.

- Debemos irnos ya –dice ella.
- ¿Adónde vamos? No quiero moverme de aquí –dice él.
- A la casa de mi abuela. Tenemos la comida esta noche. ¿Lo olvidaste?
- Sí. Y además estoy borracho. No estoy de humor para ver a la abuela de nadie.
- Compórtate y no me hables de esa forma.
- ¿Para qué irnos si podemos estar tan bien y cómodos aquí?
- No entiendes nada, ¿verdad?
- Creo que no. Pero quiero tomar otra copa contigo.
- Háblame en serio. ¿vas a acompañarme o no?
- No.
- Entonces te quedarás aquí solo. Y no me jodas más –dice mientras se para y toma su bolso, visiblemente molesta.
- No lo hago todavía.
- Deja tus chistes pesados y cumple tus promesas.
- No estoy listo para hablar de promesas en este momento.
- Nunca lo estás.
- Puede ser.
- Adiós.
- Adiós. 

Ahora él pide otra botella de vino y saca su libreta de apuntes del bolsillo de la chaqueta. Se siente vacío, mareado y las frases toman forma en su cabeza. Está listo para escribir y comienza a hacerlo. La historia continúa y fluye tanto como lo hace la tinta sobre el papel grueso, justo en el punto de humedad que le permite sentir el trazo que imprime cada uno de sus pensamientos, sin que haya lugar a manchas.

Lo invade la tristeza y esta lo motiva a expresar su cansancio y aburrimiento respecto a la rutina y al sinsentido de su existencia. Piensa que muchos hombres logran enfocar su tiempo y trabajo en la lucha por el reconocimiento, por el dinero, o construir un futuro. No es su caso. Él solo quiere disfrutar del momento, describirlo y reír. Comienza a pensar que está loco pero también es consciente de que no hay otro camino válido para su vida. Es duro pero al mismo tiempo esperanzador. Es un camino, largo y a pie. 

Quiere reír y compartir su alegría con ella: que sus dificultades se conviertan en piezas sueltas de un rompecabezas y que al ser superadas encajen una por una, luego de ensayo tras ensayo y miles de errores cometidos, para formar la figura que construyen juntos. Quiere celebrar la llegada de la noche en una fiesta sin final.

Pero sabe muy bien que la historia va a terminar y cuál es el único desenlace posible. El encanto de la noche es pasajero y está destinado a morir al amanecer; sin embargo también lo está a renacer al día siguiente. Comienzo y final se encuentran así como a través de la terraza lo hacen la oscuridad del bosque y la tenue luz del faro que ilumina parte del camino, pero que luego se pierde en un destello en la profundidad de los árboles. 

Al comenzar el día la historia no se ha terminado de escribir. Él encontró una razón para salir de la cama: caminar y compartir el día; celebrar y disfrutar la noche.  

lunes, 1 de julio de 2013

El cuento de la creación


Vacaciones de fin de año, en los primeros días de diciembre del 94. Es Miércoles. Dani y yo ensayamos guitarra toda la tarde del jueves y en la noche apagamos los amplis y seguimos tocando en guitarras acústicas.

- Vamos por unas chelas compañero, me dice Dani.
- ¿Pero quién nos va a vender cerveza sin tener cédula? respondo.
- Ay pero qué mariquita. Camine que yo conozco una tienda donde me dejan barato el petaco.
- Qué vergajo. Vamos.

Salimos a la calle con un estuche de guitarra vacío y una guitarra sin cuerdas, para llenarlos con las cervezas y entrar a la casa sin que los papás de Dani se den cuenta de lo que planeamos tomar. Hay que caminar varias cuadras hacia arriba de la Suba y por la 129. Me canso, Dani es un caminador resistente.

- ¿Falta mucho para llegar? pregunto.
- Un par de cuadras más, responde Dani.
- Puta ¿és que vamos a subir hasta la autopista o qué?
- No joda, ya estamos cerca.
- Ya casi empieza Bellas y Famosas.
- Uy si marica, hoy repiten el de Natalia París.
- Pero si ya lo grabó guevón.
- Sí, cierto.

Nos reímos y seguimos caminando hasta que al fin llegamos a la tienda. Compramos las cervezas, las cargamos en el estuche y seguimos riendo en el camino.

- ¿Se acuerda del verso que escribió para el coro de Limbo? Me pregunta Dani.
- ¿Cuál? "Limbo, la serpiente aun te arrastra"? respondo.
- Esa mucho marica. Para de caminar y se ríe apoyado en un poste de luz.
- Es buena letra. Va con "Limbo, el demonio te acompaña". 
- Claro colega, cómo no.

Llegamos a la casa de Dani, los papás están sentados en la sala y nos ven entrar con el estuche y la guitarra. El papá lo llama:

- ¿Daniel? ¿Esa guitarra no tiene cuerdas?
- Solo tiene una, es la nueva forma de tocar, responde Dani.
- Ya. ¿Tocar con una sola cuerda en la calle y en la noche, sí?
- Sí eso. Nos vemos más tarde, dice Dani.

Seguimos al estudio, destapamos la primera cerveza mientras oímos Master of Puppets en un cassette de 45. Aún no empieza Bellas y Famosas. Sobre la pista de audio toco el arpegio de Welcome Home y Dani hace el solo hasta donde la acústica se lo permite. Estas dos guitarras tienen cuerdas. Termina la canción y descansamos.

- ¿Se sabe el cuento de la creación? Pregunta Dani.
- No, no. Cuéntelo.
- Ahí va. Me lo contaron en el bus. Estaba Dios en la creación poniendo cada país en su lugar y dijo: vamos a poner a la India en Asia, país rico en especias; también a China, país que traerá avances en la escritura y la guerra con la invención de la pólvora; Francia en Europa, país rico en comida y con grandes artistas. Y sigue así con cada país hasta que llega el turno de Colombia. A ese país, dice Dios, voy a darle salida a los dos océanos, tres cordilleras, grandes ríos, numerosos parques, todos los pisos térmicos, producción de vegetales, ganado y granos como el café.

Los arcángeles se mosquearon al oír todo lo que Dios va a darle a Colombia y protestan. Dios, le dicen, estás siendo muy injusto al privilegiar de esa forma a Colombia. A lo cual Dios responde, ¿privilegiar? ¡Ja! Esperen y vean la partida de hijueputas que voy a mandar para ese sitio.

- Está muy bueno Dani. Tiene talento para los cuentachistes.
- Sí, claro, voy y me paro el sábado en la tarde como Tomatico.
- Cantando Carmentea, marica.

Nos reímos un buen rato y abrimos la segunda cerveza. Ya empieza el especial de Natalia París en Bellas y Famosas. Queda grabado en beta, pues el VHS está en el cuarto de los papás. Luego seguirá la ronda de videos metaleros en Headbangers.


domingo, 30 de junio de 2013

Cua Cua


Mi abuelo contaba la historia del loco del centro de Bogotá, cuando era estudiante de derecho en el Rosario. Pomponio era su nombre. Todo iba bien con él en la calle, en la iglesia, en el mercado, hasta que alguien se atrevía a decirle: "¿Pomponio quiere queso?" En ese momento el tipo perdía el control y se lanzaba a perseguir y darle golpes al personaje. Luego se calmaba y todo seguía como si nada.

En mi colegio teníamos al propio loco. Yo estaba en primaria y el tipo en bachillerato. Tocaba el bombo en la banda de guerra. Era gordo, mediano de estatura y tranquilo. Solo hasta que oía las dos palabras que desataban su demonio interior: CUA CUA.

Recuerdo una vez que la banda estaba ensayando en la hora del descanso de la tarde. Todo iba bien hasta que alguien que jugaba fútbol gritó las palabras mágicas. CUA CUA. Acto seguido el tipo dejó el bombo en el piso y salió a perseguir al osado que ya le llevaba ventaja en la cancha. Mientras corría, CUA CUA mandaba hideputazos y su voz se convertía en lloriqueos de ira. Todos los demás reíamos.

Otro día el tipo estaba en el bus escolar, sentado en la ventana esperando a que subieran los últimos pasajeros y comenzar el viaje de regreso a casa. En ese momento alguien en el bus del lado gritó CUA CUA, y el tipo se bajó y comenzó a golpear las puertas del bus, que ya se habían cerrado. El coordinador del bus tardó un par de minutos para calmarlo y hacerlo regresar al suyo.

Los mayores del colegio se la montaban mucho y por épocas lo tenían mareado con el asunto. Pero que lo hicieran los menores, eso fue demasiado para el tipo loco. Y así fue como pasó. Estábamos en clase y los de bachillerato ya estaban en el descanso de la mañana, jugando fútbol en la cancha que daba justo a la ventana del salón. El tipo jugaba el partido y alguien desde adentro lo llamó: CUA CUA. El tipo se quedó quieto viendo al salón mientras sus compañeros se reían. No podía hacer nada pues estábamos en clase. El profesor regañó al personaje que gritó por la ventana y continuó.

A los cinco minutos mi compañero volvió a gritarle a CUA CUA y ahora las risas eran imparables dentro y fuera del salón. El profesor salió del salón, para recoger algo en la sala de maestros. Al siguiente grito de CUA CUA el tipo entró al salón, aprovechando la ausencia del profesor.

Comenzó a gritar como un loco: "¿quién fue el hijueputa? ¡Lo voy a cascar! ¿Quién fue malparidos? ¡Fue usted!", le dijo a uno de lo pequeños en la primera fila y junto a la ventana, mientras lo cogía de los hombros. "No, yo no fui", decía el otro a punto de llorar. Lo soltó y continuó amenazando a otro niño. 

El proceso se repitió varias veces mientras la gente fuera se reía y repetía las palabras del problema. CUA CUA. Entonces regresó el profesor y sacó al tipo del salón, a empujones y para llevarlos a la oficina del prefecto de disciplina. La gente reía afuera en la cancha de fútbol. Mientras, ya protegidos por la presencia del profesor todos gritábamos en coro CUA CUA. 


Paul, la compasión y la venganza


Paul llegó a mi curso después de perder varios años y quedarse atrás respecto a su promoción. Su retraso era tal que para cuando llegó al séptimo grado, su curso original ya se había graduado. Se entiende entonces que superaba con ventaja el promedio de edad del curso.

Y lo superaba también en fuerza muscular. Paul tenía un problema en sus piernas y no podía caminar bien, por lo cual se ayudaba con un caminador. Su limitación lo hizo desarrollar una increíble fuerza en los brazos, ya que movía con ellos el peso de su cuerpo. Sus golpes tenían fama y eran temidos.

En ciertas ocasiones se revelaba y dejaba de usar el caminador, como cuando jugaba fútbol. Lo que sucedía entonces era que después de dar los primeros pasos perdía el equilibrio y caía al piso arrastrando con él a los infelices que estuvieran a su lado. Los tomaba del cuello, los hombros o los brazos y todos para el suelo. Esta escena se repetía con frecuencia pues era un fanático incansable del fútbol. Su entusiasmo por el deporte solo era comparable con su mal genio y violencia cuando se sentía humillado u objeto de burla, la mayoría de las veces sin causa alguna. Tenía además problemas de visión y sus gafas eran un perfecto par de culos de botella.

En el curso estaba también la Rata, vago buenavida que se ganó su apodo por ser una de las lacras reconocidas del salón, siempre dispuesto a romper las reglas en cualquier escenario. Y no fue la excepción en el retiro espiritual de El Ocaso.

El Ocaso era un viejo complejo hotelero entrado en decadencia y en el cual nos recibían por media semana y pagando una suma de dinero irrisoria, con el fin de desarrollar ejercicios espirituales y de cultivo de la personalidad. Era una payasada. Lo único que sucedía en El Ocaso era el inicio de las borracheras colectivas. No era un lugar cómodo. Eramos casi cuarenta tipos y nos acomodaban en dos cuartos, cada uno con diez hileras de camarotes. Los baños y duchas quedaban a media cuadra de distancia de los cuartos, lo cual era un problema en la noche ya que soltaban a los perros y estos corrían por todo el lugar, enorme y lleno de caminos que llevaban desde la entrada en lo alto de la montaña, pasando por el comedor, los cuartos y hasta la cancha de fútbol en la parte más baja del terreno.

Una noche después de la comida comenzó una guerra de bombas de agua. Globos de fiesta llenos de agua en batalla abierta y con una sola regla: no se permitía lanzar las bombas en los cuartos, esto para no mojar las camas y poder dormir en un lugar seco al final. Pero la Rata no estaba dispuesta a cumplir con esta regla ni con ninguna otra.

La Rata atacó por sorpresa a varios desprevenidos en los cuartos lo cual generó ira colectiva y deseos de venganza. Muchas camas y maletas estaban mojadas y la noche iba a ser una mierda para los desafortunados. La Rata era pequeño de estatura, por lo cual no fue difícil que un grupo de gente lo cogiera y llevara arrastrado para la esquina de uno de los cuartos y proceder a lincharlo. La Rata lloraba pero nadie sentía compasión y se veía venir una paliza para el personaje.

Nadie sintió compasión excepto Paul, que no tenía nada que ver en el asunto pero que seguramente dejándose llevar por el objetivo espiritual de nuestra presencia en El Ocaso, comenzó a defender a la Rata. Fue un discurso emotivo, logro bajar lo ánimos de linchamiento de la mayoría. Hablaba del perdón, de dar nuevas oportunidades y terminó haciendo uso de su posición de menos favorecido. Dio dos pasos sin caminador y quedó delante de la Rata cuando dijo: 

- "Muchachos, si van a hacerle algo a la Rata, primero tendrán que hacérmelo a mí".

En ese momento una bomba salió detrás de la gente y fue a parar a la cara de Paul. La tiró Eduardo, otra joya del salón, quien rápidamente se escondió detrás de Ujue, el guitarrista que pasaba del punk al metal tan rápido como jugaba y amagaba al oponente en la cancha de fútbol. Paul escurrió el agua de la cara y sus gafas, levanto la mirada y dijo:

- "¿Quién fue el hijueputa? ¡Fue Ujue! Va a ver cabrón de mierda".
- "Yo no hice nada Paul", dijo Ujue cuando vio que Paul se estiraba para cogerlo y darle una paliza. Pero Ujue, hábil deportista lo esquivó y comenzó a correr. Paul se lanzó entre los camarotes y parecía volar mientras estiraba sus brazos para alcanzar a Ujue y gritaba que lo iba a matar.

Paul no lo alcanzó y Ujue escapó de la paliza, mientras Eduardo se reía de lo que pasaba. Todo esto parecía una comedia negra en la que las palabras reconciliadoras de Paul eran transformadas en deseo de venganza y por obra de una descarga de agua. 

sábado, 22 de junio de 2013

El gran jefe

Era el presidente de la empresa. Con una importante carrera política que lo llevó a ser senador por varios períodos, ministro de distintas carteras e incluso Presidente de la República por encargo, en una ausencia temporal de quien había sido elegido por voto popular. Al final de sus años y ya retirado de la vida pública, se había dedicado a dirigir la empresa, con importantes logros en sus primeros años, para luego dar paso al cansancio y desinterés por la labor. Algo normal en alguien que llega al final de sus días gloriosos y encuentra predecibles e irritables los primarios asuntos de los negocios, ganancias, márgenes y competencias.

Su desprecio por lo que sucedía en el entorno de la empresa iba de la mano de su mal carácter. Era muy amable y cortés al llegar a una reunión y saludar a los presentes, aun con esa autoridad que emana de quien ha ocupado altos cargos de gobierno. Pero si algo o alguien interrumpía el lenguaje diplomático que él había iniciado, las cosas cambiaban por completo y era normal oír sus gritos que recordaban sus épocas de senador. En ese momento nadie podría haberlo enfrentado, a menos que se arriesgara sin chance de éxito a una paliza verbal.

En la empresa siempre llegaba tarde a las reuniones, entre media y una hora después de haber comenzado, incluso cuando los principales clientes estaban presentes. La gente importante llega tarde y se va temprano, pero todo depende de la calidad de la audiencia y si está dispuesta a esperar.  Se sentaba luego de saludar a los presentes y me preguntaba al oído, aunque no habría sido necesario por el alto volumen de sus palabras, tanto que todos los presentes lo podían oír:  

- ¿Quién es el señor sentado a su izquierda, doctor Martínez? 
- Es el doctor Méndez, representante de oriente.
- Ah, no lo conocía - mientras tanto se paraba a comer una de las empanadas servidas en el centro de mesa, frente a las miradas de sorpresa de los presentes. Acto seguido se sentaba en su silla y luego de unos minutos comenzaba a cabecear. El sueño lo vencía hasta que algo lo hacía volver y generalmente era la cólera.

Su mal carácter tenía detonantes específicos. Uno de ellos era Laura Medina, quien trabajaba para una empresa de la competencia. Era una mujer desagradable, grosera y manipuladora. Fumaba en toda situación, incluso la vi encender sus Marlboro rojos en la sala de un Ministerio, en la época en que aun no se perseguía a los fumadores, pero que ya se cumplían ciertas normas de protocolo al respecto.

Al oír que alguien mencionó su nombre, él despertó diciendo:

- ¿Laura Medina? ¡Esa es una vieja hija de puta! ¡No la soporto! - Las risas de todos los presentes surgían en momentos como este y la reunión se hacía por primera vez entretenida en toda la jornada. Y continuaba:

- Cuando hablamos de la problemática del sector, ella tiene nombre propio y ese nombre es Laura Medina. ¡Cómo odio a esa vieja hija de puta! - Las risas continuaban y luego se cambiaba de tema y el gran jefe volvía a ceder al sueño.

Conmigo siempre fue un tipo respetuoso y consultaba mi opinión sobre temas puntuales para él construir su visión general, la cual nunca perdió. Tampoco su capacidad negociadora innata del político. En momentos de tensión y dificultades lo vi lograr acuerdos reuniendo a las partes en conflicto en un pasillo y conciliando sus posiciones. Entendí su desprecio por los asuntos diarios del negocio y su talento natural para resolver los asuntos de mayor trascendencia.


Cuando me retiré de la empresa me invitó a almorzar al Metropolitan, tomamos un par de tragos de whisky y me agradeció por mi trabajo. Hablamos unos minutos más hasta que el sueño volvió a ganarle la batalla. Le dije que me harían falta las discusiones con Laura Medina y volvió a la conversación en el acto, y nos reímos sobre la pesada vieja hija de puta.  


jueves, 6 de junio de 2013

Nos vemos en Auckland

Alisto maletas con lo necesario para pasar una semana en Nueva Zelanda: ropa para el inicio de invierno, libretas de notas, esferos y un paquete pequeño de tarjetas de presentación. Y es pequeño a propósito, por lo que sucedió en el viaje a Belo Horizonte hace un par de años.

Esa vez viajaba a un congreso en la capital de Minas Gerais. Una parte de mi trabajo consistía en hacerle publicidad a mi Congreso en Bogotá, que preparaba para cuatro meses después del viaje. El vuelo hacia Sao Paulo estaba programado en la noche, para luego tomar un vuelo doméstico a Belo Horizonte. Entré a la sala de espera y me encontré a un viejo amigo y profesor de la Nacional que viajaba al Congreso como conferencista. Cada vez que nos encontramos tenemos entretenidas conversaciones.

Ya era medianoche y nuestro vuelo se había retrasado cuando una azafata extranjera tomó el micrófono y en un mal español llamó a algún pasajero al mostrador.  No le puse atención. A los treinta minutos volvió a llamar al pasajero y nadie se presentó. Pasaron unos minutos más cuando llegó un oficial de policía a la sala y comenzó el abordaje al avión. Hicimos la fila y cuando presenté mi tiquete a la azafata me dijo: “señor Martinez, Jorge –realmente sonaba algo así como Marchines Chorlle– lo estamos llamando para solucionar un problema con su equipaje”.

Ya no había tiempo para ir a esos cuartos de requisa que se ven en las películas, así que todo el asunto sucedió en una esquina del pasillo que desciende a la pista del aeropuerto. El policía me preguntaba todo lo que se le pasaba por la cabeza: nombre, nacionalidad, trabajo, destino del viaje, contenido de mi equipaje. La gente que bajaba me miraba con cara de repudio. Mi amigo pasó y me dijo “Nos vemos en Belo Horizonte”, entre risas al verme en mi incómoda situación.

El policía me dijo que la demora en el vuelo era por mi maleta. Después de sacar camisas, calzoncillos, medias y productos de aseo, caí en cuenta del problema. Le dije al policía que sabía cuál era la causa de su sospecha. En el fondo de la maleta tenía un paquete con mil volantes publicitarios de mi Congreso. A los ojos del policía, se trataba de un fajo de billetes o de un ladrillo de cocaína. Cuando saqué el paquete y lo abrí el tipo hizo gesto de rabia por perder su tiempo y me dijo que siguiera.

Son las cosas que pasan cuando los controles a los pasajeros llegan al punto del absurdo y antes de viajar hay que pensar en qué harían el traficante, el delincuente o el terrorista, para no ser un sospechoso. Dejar la chaqueta, quitarse el cinturón, mostrar el portátil a un securata, no llevar armas, ni objetos contundentes –esto lo entiendo– productos líquidos en presentaciones mayores a 100 ml, etc. 

Es el discurso de la seguridad: ideal, aparatoso y costoso. Cuando la incertidumbre es la regla. Por ahora espero no haya más requisas ni volver a oír a alguien en el pasillo diciendo “nos vemos en Auckland”.

martes, 28 de mayo de 2013

De juerga en los congresos



Fue hace cinco años. Tenía a mi cargo la organización de un congreso. Conseguir patrocinadores, vender inscripciones y buscar conferencistas. Esta última parte era la que más me preocupaba pues es la que garantiza el éxito del asunto. No se puede poner a hablar frente a un auditorio de doscientas personas educadas a cualquier mequetrefe. Y en este país que menosprecia lo propio, los ponentes extranjeros son la fórmula ganadora.

El programa estaba bastante bien. Ponentes de Estados Unidos, México, Uruguay, España, Brasil. Invitamos también a un conferencista venezolano, amigo y conocido de uno de mis jefes. Confirmó su participación y me encargué de todos los preparativos para su llegada a Bogotá. Dos días antes del congreso recibí el correo de un exministro de ese país, en el que me reprochaba que no lo hubiéramos invitado al congreso como conferencista y sí a su paisano. Revisamos el asunto y decidimos traerlo también como invitado. La diplomacia primero.


La conferencia del personaje quedó en la agenda del segundo día, pero su llegada a Bogotá temprano el anterior. No lo vimos durante toda la primera jornada, tampoco en el cocktail  de la noche. Sin embargo aparecía registrado en el hotel luego de la llegada del vuelo que reservamos, todo dentro de los horarios previstos.


Llegó la hora de su conferencia. El tipo entró al salón a tiempo, tomó el micrófono y en menos de diez minutos se presentó, dijo que había sido ministro y ahora trabajaba en el sector privado, que había escrito un largo libro sobre el tema de su ponencia y que podíamos descargarlo de una página web. Acto seguido se despidió y se largó.


El siguiente conferencista era el venezolano conocido de mi jefe. Él se excusó por el comportamiento del anterior y durante un poco más de una hora hizo una charla interesante y divertida, con el buen humor que tienen los venezolanos y la empatía necesaria para cautivar la atención del auditorio y dejar atrás el incidente del extraño personaje.


Salí al lobby del hotel a buscar al siguiente conferencista, que venía en un taxi desde el centro de la ciudad. Mientras esperaba se abrieron las puertas del ascensor y vi salir al ex ministro abrazando a dos mujeres jóvenes, altas, de falta corta y que por la edad podían ser sus hijas. Un taxi los esperaba y los tres se sentaron en el asiento trasero. No volví a verlo jamás.


Un par de años después me encontré con un amigo argentino. Almorzábamos cuando le conté la historia del ex ministro de juerga en mi congreso. Me dijo que la última vez que lo vio fue en Los Angeles, unos meses antes y en una reunión a la que asistía gente de todo el continente. Un grupo en el que estaba mi amigo salió a comer y luego a tomar unos tragos. Al regreso se encontraron con un tipo que llegaba abrazado a una mujer, tan borrachos que cayeron al piso del lobby del hotel. Los ayudaron a parar y no sabían dónde estaban. No podían hablar. Estaban borrachos como cubas.


El hombre era el mismo personaje que vi en Bogotá abrazando a dos mujeres y escapando de la ponencia que tenía que dar. Mi amigo lo conocía y ayudó a identificarlo con el personal del hotel para que lo llevaran a su habitación junto con la mujer. Es un tipo raro ese ex ministro, me dijo mi amigo cuando terminamos el almuerzo. Es un gran juerguista, le dije y reímos recordando al personaje y sus parrandas. 

jueves, 23 de mayo de 2013

Retina


Este track es mi primera producción en un ipad. El encanto estuvo en el sonido del contrabajo y fue la inspiración para el resto.

 

domingo, 19 de mayo de 2013

El fin de una historia


Soy Filipo y despierto aún borracho. Estoy en mi cama, vestido, con los zapatos puestos y el sentimiento de culpa resultante de tres noches de fiesta, poco dinero en los bolsillos y un dolor de cabeza insoportable. Siento hambre y salgo de la cama para buscar algo de comer, luego de unos minutos de espera para que mi cabeza despierte.

Fueron tres noches de parranda del infierno. No veía el sol desde la tarde del jueves y ahora es domingo en la mañana. Buen momento para estar en casa, lejos de la gente que sale a la ciclovia. Anoche llegamos en un taxi, Enrique adelante y en el asiento de atrás nuestras dos acompañantes de la noche y yo. De las noches, pues se quedaron con nosotros en esta juerga desde el inicio: llegaron a nuestra mesa en un bar del centro de la ciudad, preguntando por nuestro próximo concierto, las invitamos a unos tragos y así seguimos hasta el domingo, buscando antros dónde seguir la fiesta, casas de amigos disponibles y más antros.

El taxista estaba molesto y amenazó con dejarnos en el camino si alguien vomitaba. Enrique contó una historia de nuestra gira por Estados Unidos y trató de echarse al bolsillo al tipo. Una de las mujeres estaba mareada y vomitó junto a mis pies. Yo grité y reí en ese momento, celebrando la historia de Enrique y como pretexto para que el conductor no se diera cuenta de lo que pasaba atrás. No recuerdo nada más. 

Solo fue un sueño, me digo sentado en la cama. Nada de eso. Pasan unos minutos y vuelvo a la realidad. Mi casa, nuestra casa. Llevo un par de meses viviendo en el mismo pequeño apartamento con Enrique y Paula, su mujer. Por una noche, la mía. Cuando los ingresos de la banda comenzaron a bajar decidimos vivir juntos, compartir un apartamento y así ahorrar algo de dinero. No habría pasado nada entre Paula y yo si no fuera por este espacio en común. Nuestra banda sobrevivió por este esfuerzo de convivencia que está a punto de terminar.

Sirvo un vaso de jugo de naranja y lo acabo de un solo sorbo. Caliento agua para el café y saco huevos y jamón de la nevera. Mientras preparo el desayuno recuerdo cuando la semana pasada citamos a nuestro manager en un bar. Discutimos sobre un posible contrato discográfico lleno de exigencias ridículas y luego de una botella de whisky llegamos a una pelea en la que Enrique, después de varios puños y patadas, rompió un vaso en su cabeza. Los de seguridad nos separaron y llamaron a la policía. Él pasó una noche en la estación y yo me quedé con Paula en la casa. Así sucedió lo nuestro.

Siempre me gustó Paula. Alta, blanca, delgada, pelo negro largo y ojos azules. Nadie pensaría que tiene dos hijos y un ex marido. Fue amable conmigo desde el inicio y veía algo más en sus ojos, pero no quise cruzar la raya hasta el día de la pelea en el bar. Esa noche después de la pelea estaba sola, cansada de todas las mujeres en la vida de Enrique y de la falta de dinero de los últimos meses. Ella fue a buscarnos a la estación de policía y regresamos juntos. En la casa tomamos una botella de vino, compartimos un cigarrillo y una cosa llevó a la otra, nos besamos y al final amanecimos en la cama de Enrique, mientras él dormía en la banca de la estación de policía y nuestro manager en un hospital. Qué noche fue esa. 

Los huevos están listos. Pongo un par de tajadas de pan en la tostadora y mantequilla en la mesa. Sirvo más jugo de naranja en el vaso y café en una taza blanca. El vaso largo de vidrio me recuerda al que Enrique rompió en la cabeza de nuestro manager y me río solo. Enrique y Paula aun duermen. La pelea de esa noche en el bar solo fue la última de muchas situaciones que llevaron a la banda a su final. 

Antes fue el asunto de la disquera. Esto sucedió el año pasado, cuando Enrique cazó una heroica pelea con un gran sello discográfico. No solo rechazó el trato sino que mandó a comer la mierda que encontraran a los directivos, al no dejar que “productores proxenetas” manosearan sus canciones, lo obligaran a escribir y cantar un mínimo de material comercial en cada disco, y cumplir con otra serie de estupideces de las que hablan los empresarios. Yo lo apoyé esa vez y aun comparto cada uno de los ideales que Enrique defendió. Sin embargo sabía que esa jugada no nos dejaría bien parados. En el mundo mafioso que es el espectáculo se paga un precio alto cuando se hacen cosas así.

Sin embargo siempre quisimos ser independientes y no arrodillarnos ante las condiciones de los oportunistas. Combatir al sistema, ser originales y libres. Sin límites. Pero sí que los hay. Y lo vivimos como individuos, cansados y conscientes del peso del desgaste de los años. Mi relación con Enrique perdió el encanto por la misma razón por la que me acerqué a él la primera vez que lo vi cantar: talento para actuar, escribir y ningún cuidado respecto al mundo que lo rodea. Solamente estaba él. Creo que el asunto entre nosotros tuvo que ver con estar saturados, el uno del otro. Llevábamos mucho tiempo juntos y todo se había vuelto aburrido y predecible. Seguíamos siendo cómplices de juerga, pero el entendimiento ya no era el mismo, por supuesto tampoco lo era ya la banda.

Y Paula en el medio de los dos. Siempre me pregunté cómo soportaba a Enrique y nuestras parrandas interminables, con mujeres nuevas cada noche y ninguna certeza de la hora de llegada a casa. Paula dejó de ir a los bares en que tocábamos luego de un año de vivir con Enrique. Se cansó del ritmo de la fiesta. Incluso con ella presente, Enrique hacía de las suyas y entre los dos repartíamos las ganancias de la noche. Y no hablo de dinero. Para él era algo tan natural y libre que nada podía hacerle cambiar de parecer. Y todos compartíamos el mismo credo, ella también. 

Enrique y Paula salen de su cuarto mientras termino el desayuno y se sientan en la mesa. Enrique y yo nos miramos con complicidad y aguantamos la risa cuando vemos la expresión en la cara de Paula. El ambiente se siente mal. Son demasiadas historias entre nosotros y el cansancio es evidente. Pasan unos minutos y luego Paula dice que irá a visitar a una amiga. Enrique la sigue al cuarto, cierra la puerta y discuten algo. La conversación sube a nivel de gritos y Paula sale del apartamento mientras dice que no volverá jamás. Ya habían peleado antes, pero nunca como esta vez. 

Me siento cansado y aturdido así que vuelvo a la cama, cierro los ojos y trato de poner mi cabeza en blanco, olvidar y dormir por un rato. Tengo la certeza de que no volveré a ver a Paula. Tomo el poco de agua que queda en el vaso que tengo en la mesa de noche y me siento vacío y cansado. Quiero dormir y que este día acabe para comenzar uno nuevo.

lunes, 6 de mayo de 2013

Santo Domingo


Soy guitarrista. Tengo algunos tracks en Soundcloud. Soy rockero y me gustan las distorsiones de tubo y el delay de cintas. Santo Domingo es una introducción, cargada de guitarras y sintes de guitarra.