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martes, 30 de abril de 2013

Martes es mejor


Me levanto temprano en la mañana, desayuno y me tomo un purgante. Llevo meses de comida basura y cae bien limpiar el cuerpo. Salgo en el carro y llevo a mi hermana a su oficina. Luego entro a Granahorrar para dejar el carro mientras hago una vuelta cerca. Salgo del carro y camino hasta el ascensor más cercano, que me deja en una salida nueva para mí, en un callejón que desemboca en la 11. Aun tengo sueño. Qué diablos, pienso, necesito un café antes de hacer cualquier otra cosa.

Entro al centro comercial y recuerdo sus corredores que en los ochenta estaban cubiertos por tapete. Parecía una extensión de tu casa, muy acogedor, no hacía frío. Un dolor de cabeza en términos de aseo pero ese no era mi problema. Así que me quedo con la agradable idea del centro comercial entapetado que invitaba a caminar descalzo.

Me quedo en uno de los dos cafés de la plaza principal, el que tiene un sofá disponible con un periódico del día en la mesa. Voy a la caja y la mujer que atiende está más dormida que yo. Saca un par de billetes de la caja registradora, una factura y me las entrega.

- Eso no es mío, acabo de llegar. Le digo y le devuelvo lo que me acercó en el mostrador.
- Buenos días señor, un momento.
- Un café americano.

Tomo el café mientras ojeo el periódico y a una gatita a dos mesas de la mía, con su estrecho vestido azul y carpeta empresarial del mismo color. Voltea a mirar hacia mi mesa y atrás mío. Está sola en la mesa, lástima que sea tan temprano y sin un par de tragos encima para atacar. Llega la persona a la que espera y mi estómago se revuelve. Purgante y café son una mezcla efectiva. La evacuación está próxima.

Comienzo a caminar por los corredores caprichosos en búsqueda de un baño. Paso por un local de discos aun cerrado, otros de carros y plumas ya abiertos y veo un baño al fondo. Entro y veo que está ocupado. Habrá que ir al segundo piso, pienso.

Subo las escaleras y veo una pareja sentada abajo en una silla, el tipo en papel de difícil y ella tratando de darle un beso. Llego al segundo piso y camino hasta el baño. Misión cumplida. Me siento claro y despejado y mientras camino veo algo en el fondo, en una esquina del tercer piso. Tengo que comprobarlo. Hace mucho tiempo que no veía ese local.

Es Domo, la pizzeria familiar con banda en vivo y baja luminosidad propicia para atacar a una gatita como la azul que estaba en el café del primer piso. Ahora es un local que tuvo épocas mejores. Lo digo porque ya no tiene el espacio para la banda. Bueno, aun no es mediodía, pienso, puede que lo organicen después. Recuerdo cuando tenía 10 años y había un comercial en la tele de Domo. Fue un hit en su época. Hoy es un restaurante más para las oficinas de la zona.

A la vuelta encuentro dos locales de venta de discos, increíble, en esta época de crisis del mercado discográfico Granahorrar (ahora tiene un nombre distinto pero me da igual, para mí sigue siendo el centro del logo de los caballos y se llama Granahorrar) tiene tres tiendas en el tercer piso. La otra hace parte de una gran cadena, pero las dos que tengo al frente son independientes. Incluso una de ellas no tiene nombre. Entro sin pensarlo dos veces.

Acaban de abrir, el local es pequeño y tiene dos empleados. Un hombre que está llegando a los cincuenta y una mujer tal vez unos 10 años menor que el tipo. Los dos tienen pereza, me miran sin hablar y yo tampoco quiero hacerlo, así que entro y comienzo a revisar sus estantes. Mucha música en promoción, buena parte del catálogo de discos Fuentes, cine colombiano en DVD, afiches de Metallica y Guns N' Roses. También hay juegos de mesa y algunas porcelanas.

Me detengo un rato en una edición de Blue Lines de Massive Attack, remasterizado en 2012 y en una hermosa edición de caja de cartón. En la parte posterior hay un diseño impreso del embalaje de la caja, de tal forma que cada canción hace parte del mapa como una pieza del engranaje. Aunque la edición supera a la que tengo en casa, no se trata de mi álbum favorito. Para mí Massive Attack es Mezzanine, ese oscuro, inteligente y sensual disco de 1998. Y lo comprobé al verlos en Barcelona. Mientras esto sucede el tipo mayor alardea a la mujer con sus ventas del día anterior:

- Sabe, ayer vendí el tablero de ajedrez, le dice a la mujer.
- ¿En serio? No le creo, responde ella mientras levanta varias pilas de libros, hasta que encuentra el tablero. ¿Y esto qué es, ah?
- ¿Qué le dije yo? ¿El de ajedrez? No, vendí fue el de parqués.
- Sí, como no, y se ríe mientras saluda a una vecina del local de al lado, que pide cambio para un cliente.

Salgo del local. Todo este tiempo he estado escapando a la vuelta que tengo que hacer esta mañana. Una cosa llevó a la otra. El ascensor equivocado al café, este al baño. El baño a Domo sin espacio para la banda, y luego al local de discos. En un arranque de productividad que duraría poco, bajo las escaleras y a mitad de camino veo una oficina del periódico que tiene en estos días una colección de música clásica de la que ya tengo dos números en casa. La oficina está al extremo del tercer piso así que tendré que bajar para volver a subir.

En esas estoy cuando veo en la misma silla de abajo a la pareja, el tipo todavía juega al difícil y ella da besos y lo abraza. Qué vagos, pienso. Me gusta su actitud. Llego a la oficina y los dos empleados hablan por teléfono en actitud relajada. Nada de tono comercial, ni esa falsa cordialidad del telemercadeo. ¿Quién fue el imbécil que trajo esa pesadilla al mundo moderno? Los call centers están de moda y dicen los expertos que Colombia tiene una ventaja competitiva en esa desesperante actividad.

La señora deja su llamada con un singular y lento "ya vuelvo", segura y tranquila. Le pago y me entrega una caja con cinco discos de Tchaicovsky y salgo feliz. Ahora sí puedo ir a hacer mi vuelta. La señora vuelve al teléfono y habla sobre el almuerzo. Bajo las escaleras y la pareja sigue ahí. El tipo cedió y ahora se besan. Camino por uno de los corredores laterales y me hago a un lado cuando pasa un empleado con una máquina para limpiar el piso. Recuerdo el tapete, Domo en su época de furor y el cine barato luego de las 10 de la noche al que venía con amigos del colegio. Épocas ociosas, y personajes ociosos que siguen pasando sus días en este sitio que solía llamarse Granahorrar.

lunes, 29 de abril de 2013

Las cosas perdidas


No es fácil perder una guitarra o un computador, pero cuando pienso en cuántas sombrillas y cuántos teléfonos celulares he perdido en menos de diez años me asombro. Son muchos y cada objeto que ya no está conmigo me lleva a una historia particular en un momento de mi vida.

Respecto a las sombrillas, recuerdo una que mi mamá guardaba con especial cuidado. Pequeña, azul, de finos brazos metálicos y elegante mango negro. Accedió a prestármela para que no mojara mi vestido nuevo; yo tenía 20 años y comenzaba a trabajar en esos días. Llovía mucho y tenía que ir a una reunión al centro. Tomé un taxi, llegué a mi reunión a tiempo y en el camino había escampado. Bajé del taxi, entré a la reunión y luego de un rato caí en cuenta que la sombrilla ya no estaba conmigo.

Con los teléfonos, recuerdo varias parrandas en las que desaparecieron, así como un par de atracos, uno en el centro de la ciudad cuando salía de la universidad, y otro una noche borracho, al salir de un bar y un grupo de adolescentes, gañanes y algunos con cuchillos, me hicieron entregarles mi billetera y un viejo motorola gris, que tenía un juego en el que caían números desde la parte superior de la pantalla y el rollo era tocar la tecla respectiva a cada uno antes que cayeran al piso.

Pero nada se compara a no tener sueños que recordar. Cuando perdí mis sueños hace un par de años me sentí vacío; una simple máquina de trabajo encargada de tareas específicas que se cumplen de manera aceptable. Fue aterrador. Siempre se sueña, solo que a veces los sueños no se recuerdan al despertar.

Solía soñar mucho cuando niño. Sueños muy vívidos. En especial recuerdo dos: uno en el que estoy solo en la mitad de un coliseo romano y un león viene hacia mí. En el otro, el más importante para mí, estoy parado en la carrilera y el tren está a punto de pasar, así que me lanzo al verde prado para salvar mi vida, todo esto mientras mi hermana y mi tía me ven desde el carro parqueado a unos pocos metros de la carrilera, y ríen a carcajadas. Yo me pregunto ¿cómo pueden reír si estuve tan cerca de la muerte? Pero siguen riendo. Durante años repetí tantas veces la historia a mi hermana, que terminamos por creer que era verdad. Mi sueño se convirtió en nuestra realidad, un extravagante recuerdo de un momento que construimos con palabras, no con hechos, y gracias al nivel de confidencia que solo se puede desarrollar entre hermanos.

Pienso en las causas para haber dejado de soñar y encuentro que la razón mal enfocada se convierte en un instrumento nocivo para los sueños; al caer en la trampa de sentir que ya se realizaron, o peor aún en la de la seriedad que exige la edad adulta: el ser realista. En fin, toda una serie de represiones que con el paso del tiempo se sienten más y más. Creo que la razón es solo una herramienta que debe ayudar a buscar la felicidad. Y esto es lo único que importa.

Es necesario romper con los paradigmas que limitan la libertad del individuo. En un mundo obsesionado con el dinero y las apariencias es fácil perderse a la vuelta de la esquina y a cambio de unos cuantos pesos en la cuenta bancaria. Es una lucha, un jaleo diario entre el ideal y la necesidad material. Por otra parte, dejar a un lado la obsesión por el control, permitir que la esencia fluya y la inspiración se mueva a su ritmo.

Recuperar mis sueños en las mañanas es alentador. Saber que una fuerza inconsciente trabaja y genera historias es algo misterioso y encantador. Los escribo y trato de recordar cada sensación, cada color, cada persona. Casi es medianoche, estoy cansado y quiero saber qué sucederá al apagar la tele.

De regreso al blog


Creo que cada momento deja una huella y de una forma u otra condiciona lo que vendrá en adelante, por acción o reacción, causa y efecto. Pienso que las cosas no suceden en vano, y que cada acto es material para la experiencia creativa.

Este blog estuvo abandonado por mucho tiempo.  Lo comencé hace seis años con escritos de la época en que probaba suerte con mi banda de rock, Singol Servin; las canciones se convertían en cuentos y las historias me daban material para algunos versos. El grupo se acabó en una época en que comenzaba a sonar bien como power trio, y lo mismo sucedió con mis escritos. Pero esa es otra historia. Lo importante por ahora es que el blog estuvo abandonado por algo más de 5 años.

Hoy es lunes, cuesta trabajo llegar a la oficina, comenzar semana y lo demás. El día comenzó soleado pero a mitad de mañana las nubes anunciaron la lluvia que llegaría al mediodía. Luego de leer las noticias del fin de semana, revisar la correspondencia, enviar mensajes y atender una llamada,  comencé a revisar el disco duro de mi portátil, en busca de algo, no sé qué exactamente, pero con el fin de subir mi ánimo. No sé cuánto tiempo pasé en esto, ni cuantos documentos revisé en total. Encontré un texto, guardado por última vez en 2010, y titulado “un paseo inmoral”. Lo leí y me reí por un buen rato. En esencia me gustó, y solo necesitaba unas frases para terminarlo. Así que sin pensarlo más, escribí un par de líneas y estuvo listo. Mi siguiente pensamiento fue sobre este blog, y los varios años que lleva sin una entrada nueva. Para cuando sucedió todo esto, ya era hora del almuerzo y me esperaban en casa de mis papás, así que dejé hasta aquí el asunto y me fui a comer.

Cuando llegué a casa de mis papás, encontré a mi viejo sentado en una silla, rodeado de montañas de papeles, libros y carpetas. Parecía que los dos pasamos la mañana buscando algo entre nuestros escritos, lo cual me pareció divertido:

- ¿Estás empapelado? pregunté.
- Sí. Estoy buscando algo que escribí hace unos años, me respondió.
- Qué curioso. Yo hacía lo mismo en la oficina. ¿Escritos sobre qué?
- Sobre historia política reciente, algo de la época de Barco. ¿Vé, y sabes qué habrá pasado con esto? Quisiera retomarlo.

Me entregó una hoja donde escribí la dirección web de su blog y sus contraseñas, hace un par de años. Me sentí asombrado. Mi papá y yo no solamente pasamos la mañana buscando escritos entre nuestros archivos, él en su casa y yo en mi oficina, sino que también tuvimos el mismo deseo por escribir en nuestros blogs abandonados.

- No sé, pero te lo puedo decir ya, dije.
- Maravilloso.

Busqué en mi teléfono y vi que su blog seguía abierto. Por supuesto el mío también.

- Bueno, pues parece que es un buen día para publicar, le dije.
- Ya está el almuerzo, vamos.

Debajo de estas líneas está la historia que encontré en mis archivos. Un paseo inmoral, inspirada en la canción de Cerati y en historias de parrandas en la oscura ciudad que es Bogotá.

Un paseo inmoral


La primicia del día en el noticiero de la noche: Miko Leghamer capturado al llegar de Panamá, perseguido por la ley luego de una caída operación conjunta coordinada por Lucho Matanzas, granuja dedicado al tráfico de cocaína y propietario de una red de camiones distribuidores de harina de panadería. Leghamer era una lacra perseguida por las autoridades europeas por estafa en venta de vehículos, además del asunto de las drogas, y había quedado en entregar 500.000 verdes a Lucho por el negocio en Panamá. Parece que no cumplió el pacto y alguien lo delató. Miko fue capturado al entrar a Colombia, fingiendo ser holandés,pero con esa pinta de gañán criollo y acento sureño, solo un idiota podría haber caído en su patraña.

Apago la tele, sigo bloqueado, llevo días sin escribir una maldita nota y comienzo a desesperarme. Nada tiene sentido y no encuentro una idea, un sentimiento digno de mi hermosa Casino, la misma guitarra de Lennon y Harrison en la Caverna, me digo para darme ánimos, pero no funciona para nada.


La semana pasada quedé en salir a tomar unos tragos esta noche, con Joao Fandango y Jerónimo, viejos amigos que no veo hace algún tiempo. Joao viajará pronto así que es la última oportunidad de pasar un rato juntos. Hago un par de llamadas y por lo que me cuentan, estaban el uno escribiendo en su casa y el otro haciendo compras en el supermercado con su mujer. Quedamos en vernos en la casa de Joao. Jerónimo estará cerca, pues visitará la obra del local que remodela a unas pocas cuadras. Iremos a evaluarlo y a estrenar, dice Fandango. La noche será divertida.


No hay alivio en el placer, pienso, pero una botella helada de antioqueño funciona bastante bien. Jerónimo logró escapar de su mujer esta noche y ahora da patadas de ninja a la botella y frena justo antes del impacto, al estilo Mortal Kombat. Somos la primera generación Nintendo, y nuestros cerebros quedaron afectados con la consola ochentera, y luego más con la llegada del adaptador Nichiman/Nintendo y su versión Family/Nintendo.


Otra vez estamos sin mujeres, excepto Jerónimo. Fandango y yo terminamos con nuestras novias en el último mes, y el ambiente se calienta con los tragos, así como los chistes sobre las payasadas en común de años atrás. Va la segunda botella de antioqueño. Salimos a la calle, pasamos por el local que Jerónimo remodela, una tienda de artículos de lujo, aun en obra negra. Venga lo inauguro, dice Joao, y se orina en la esquina de la puerta de vidrio, mientras yo muero de risa y Jerónimo trata de no hacerlo, algo herido en su orgullo. Tomamos un taxi y nos dirigimos a la siempre abierta y oscura ciudad.


Llegamos al antro. “En viaje hacia la redención, la luz no deja de pulsar”, canto en mi cabeza: está en todos lados, viene y se va, al igual que un láser y el reflejo en la bola de cristales que cuelga en el centro de la pista; en frente nuestro una despedida de soltero termina con dos mujeres desvestidas de policía y solamente con sus cascos de motocicleta puestos, en una guerra de espuma que hace del homenajeado un desastre. El show que presenciamos es inspirador. Ya van tres botellas de antioqueño y otra frase de Cerati da vueltas en mi cabeza: dame algo dulce nena, suelo volver amargo; las mujeres abundan por todo el lugar, y de todos los tipos. En la pasarela la chica principal tira sus medias a un desprevenido espectador de primera fila, un baboso que luego recibe un golpe en la nuca del líder de su grupo, persuadiéndolo de cederle las medias al jefe de la manada.


Comenzamos a desaparecer, uno a uno, retirándonos por un corredor oscuro. Cuando regreso encuentro a Fandango llorando en la mesa; en un par de días se irá a vivir a Francia y borracho, se ha puesto sentimental. Un par de tragos y la fiesta sigue como si nada. Jerónimo regresa a la mesa y se despide, dice que se va a cuidar a su vieja: “creo que tiene gripa, ¿me presta su chaqueta?” La situación es absurda y yo estoy muy borracho, así que solo puedo decirle que es una pena que se vaya, pero que se olvide de llevarse mi chaqueta.  


Cuando salimos del antro es de día y el sol brilla en el cielo, deben ser casi las siete de la mañana. Siento ganas de vomitar y un cosquilleo horrible en el cuerpo al ver a las familias que hacen ejercicio por las calles. Es domingo, la ciclovía ha comenzado y nosotros no hemos terminado la noche. Siento frío, la boca seca y caminamos por inercia. Entramos al supermercado más cercano, y mientras busco agua Joao desaparece. Doy un par de vueltas por el local y lo encuentro saliendo de la panadería: se está comiendo una almojábana, el muy asqueroso. No tengo nada en contra de las almojábanas pero, ¿en ese momento? Es increíble. Me da náuseas verlo, y es peor cuando oigo su propuesta: “sigamos caminando, el día está bien para hacer ejercicio”; le digo que está loco y tomo el primer taxi que veo en la calle y lo arrastro conmigo. Es hora de dormir, no soporto la calle y sus habitantes diurnos. Me quedo primero yo, Fandango sigue a su casa.


Despierto en la tarde del domingo, me siento un poco borracho, pero ya recobré mi movilidad normal y el habla sin trabas. Estoy eufórico, siempre sucede durante el par de horas previas al guayabo, así que cojo la guitarra, la conecto al ampli de tubos y encuentro un par de acordes distorsionados que reflejan mi estado de ánimo y comienza un caótico proceso de composición. Queda poco tiempo antes de caer en la depresión del guayabo, y las notas e ideas son lo que queda de una noche de juerga: un juego de azar, mi realidad y el Trip Despierto. Un paseo inmoral y su banda sonora.

domingo, 13 de enero de 2008

A la memoria de Poncho

Cuando Poncho se daba cuenta de que lo estaba viendo,
comenzaba a nadar rápidamente.

Conocí a Poncho por casualidad. Él vivía en la casa de Juana en Bogotá. Creo que no atravesaba por un buen momento de su vida; su compañera acababa de morir y se iba a quedar solo, pues Juana regresaría a Villa. Faltaban pocos días para navidad y decidí llevarlo a mi casa para animarlo y hacerlo sentir mejor.

Nunca lo entendí del todo. Poncho vivía en su propio mundo y siempre fue difícil saber si se encontraba bien o no. Sin embargo su compañía era agradable. Daba gusto saber que estaba en mi casa; tenía dos piedras favoritas, negras, más grandes que él, en las que solía tomar una suerte de siesta, y cuando se daba cuenta de que lo estaba viendo descansar, comenzaba a nadar rápidamente.


Estuvo comiendo hasta hace un par de días y luego paró. Los medicamentos recetados lo mejoraron levemente y ayer recuperó el apetito. Pero hoy amaneció dando vueltas y supe que se acercaba su final. Salí a almorzar y al volver lo encontré en el fondo del acuario, con la cabeza oculta entre sus piedras negras. Poncho había muerto.


Los peces poseen una escasa memoria que no pasa de pocos segundos: tienen que acordarse de respirar cada tanto, por lo cual muchos dicen que la vida del pez puede resumirse en una infinita sensación de ahogo. No debe ser tan malo, si se tiene la posibilidad de descubrir un mundo nuevo cada dos o tres segundos, para luego olvidarlo y volver a fascinarse con el castillo y el hongo de cerámica por el que se merodea durante toda la vida. La agonía al llegar el momento de la muerte será más llevadera al no tener conciencia de lo que está pasando.


A la memoria de Poncho. Corta y misteriosa.

Los peces poseen una escasa memoria que no pasa de pocos segundos.La agonía al llegar el momento de la muerte es más llevadera
al no tener conciencia de lo que está pasando.

jueves, 3 de enero de 2008

Mi última noche con Liza

It´s not the life I wanted but that´s the way it is.
De la serie Isolation de Drew Guest.

Esta noche tengo la última oportunidad para volver a conquistarla. No sé si vendrá. Son tantas las veces que le he incumplido que entendería perfectamente si decidiera en el último momento no verme nunca más. Lo entendería pero no lo soportaría. No podría vivir con ello. Necesito verla. Necesito hablarle. Miro el reloj. 21:22. Hace veintidós minutos debería estar aquí, conmigo, hablando, riendo y recordando los viejos tiempos; antes de que yo echara todo a perder, cuando vivíamos juntos y todo era felicidad. Pero así siempre son las cosas. No tomas conciencia de lo valiosa que es tu mujer hasta que deja de estar contigo. Y mientras dura ni siquiera te enteras.

En fin, ésta es mi última oportunidad y parece que Liza va a rechazar mi invitación. Tal vez intuye que quiero hablarle. Demostrarle que quiero cambiar, que quiero volver a despertar en las mañanas con ella a mi lado. Siempre ha sido cumplida. Me aterra pensar que no vendrá. Estoy nervioso. Necesito un trago. La calle es ruidosa. Pasan tres patrullas antimotines a toda marcha. Algo sucede en las calles. No me interesa. Solo pienso en Liza. Oigo una explosión en las montañas. No es conmigo, pienso, y entro temblando al bar.

La barra está sola y escojo un puesto en frente de la pantalla de televisión que cuelga al lado derecho del mueble donde veo botellas de whisky, tequila, vodka y ginebra. Pido un Dry Martini al barman mientras veo el extra de noticias que informa sobre una extraña revuelta en los cerros al norte de Usaquén; tal parece que los insurgentes atacan a los vecinos y a las primeras patrullas de policía que han llegado. Los reporteros hablan de información preliminar relacionada con cultos satánicos en el cementerio de Usaquén. Cada día están peor estos maniáticos, me dice el barman, mi compañero solitario de televisión. Todos en el bar excepto nosotros dos parecen estar divirtiéndose. Veo caras sonrientes alrededor mío, en las mesas. Cristales chocando para brindar, atractivas meseras con faldas cortas entregando tequilas en la mesa redonda de la esquina a cuatro hombres solos. Conozco a uno de ellos. Rafael. Fuimos compañeros en los últimos tres cursos del bachillerato. Es hijo de un magistrado y desde niño colecciona armas. Su afición continúa aún y no quisiera tener problemas con él, ni con sus amigos.

Son esos muchachos que se reúnen en el cementerio a fumar marihuana y oír música metallica, continúa el barman. ¿Metallica, eh? ya veo, le respondo. La transmisión en vivo se interrumpe de repente y la presentadora pide excusas desde el estudio y cambia a las noticias deportivas, prometiendo que pronto volverá con el equipo en vivo que cubre la “revolución satánica en los cerros de Bogotá”. No puedo hacer nada más que reír estrepitosamente ante la estupidez que acabo de oír.

Veo que aún te diviertes sin mí, me dice una suave voz al oído mientras una mano me toca el cuello y luego sigue hasta abrazarme por el hombro izquierdo. Es Liza. Ha llegado. No me olvidó. Mientras salto de mi silla a abrazarla le cuento algo de lo que he visto en la televisión y ríe conmigo. Estoy feliz de verla. Su retraso se debe a trabajo de última hora en la oficina. Hace cinco meses que terminamos lo nuestro y desde entonces no volvía a tenerla a mi lado. Le pido a un mesero que nos busque un lugar. Solo queda una mesa a la derecha de la puerta principal. Liza no quiere estar cerca a la entrada. Yo estoy cansado de la barra y de no tener donde apoyar mi espalda, así que la convenzo y nos sentamos en la mesa.

Había olvidado su olor, la forma en que su pelo negro cae sobre sus hombros y algunos mechones logran llegar a su pecho. Me enamoré de ella desde la primera vez que vi sus ojos verdes, alegres y profundos. Su voz hacia mí no ha cambiado; puedo notar la alegría de volver a verme. Siento que esta será una buena noche. No quiero volver a separarme de ella.

Hablamos, reímos y el tiempo se detiene. Vamos en nuestro segundo martini y ya nos hemos besado de nuevo. Oigo gritos en las calles y siento que la muchedumbre celebra nuestra unión, nuestro reencuentro. Los gritos crecen, cada vez son más cercanos, pero nadie parece notarlo. Ni siquiera Liza. Mi oído es mucho más sensible al del resto, pienso. Liza está tranquila y ahora recuesta su cabeza en mi hombro. Algo me inquieta. Veo las sirenas de las patrullas en la calle.

Ahora es real. Oigo el estallido de los vidrios del bar que dan hacia la entrada. Nos atacan. Estoy confundido y un poco borracho. Liza también. Alguien ha entrado al bar y llega la mesa del rincón, en la que se encuentran Rafael y sus amigos armados. Se han metido con los que no deben, le digo a Liza. Se oyen disparos dentro del bar y la gente comienza a gritar y a correr. Se rompen copas en el piso y yo abrazo a Liza, la cubro con mi chaqueta y en ese instante un hombre joven entra por la ventana, cae sobre la mesa y me toma del brazo derecho. Liza cae al piso y yo intento soltarme pero mis movimientos son torpes y ebrios. Comienzo a gritar y oigo un disparo a mi lado.

Caigo al piso, ahora liberado del maniático que entró por la ventana. Miro hacia arriba y está Rafael con su arma en alto. No podía dejarte morir idiota, me dice riendo y con actitud desafiante. En el piso hay sangre; sobre la mesa los restos de quien me atacó, ahora con un agujero en su cabeza. Acto seguido otro hombre entra por la puerta principal y echa al piso a Rafael. Lo muerde en el cuello y mientras forcejea y grita otro disparo sale de su arma y hiere a una de las meseras en una pierna. Ella cae también en medio de los gritos.

Liza está paralizada en el piso. La tomo de la mano y corro hacia el interior del bar, buscando el baño a la izquierda de la barra. Debe haber una salida de emergencia allí, pienso. Nos arrastramos por el piso y vemos con horror que todos en el bar están siendo atacados. Las víctimas son mordidas o desgarradas con manos y uñas.
Es totalmente irreal lo que estamos presenciando. Tres de esos sujetos están encima de la mesera herida por la bala perdida de Rafael. Sus gritos cesan de repente. Los atacantes la dejan en el suelo. Ella queda inmóvil por unos cuantos segundos y luego increíblemente se pone en pie. Sus párpados están cerrados y unas grandes ojeras se pueden ver debajo de ellos. Trata de enderezar su cuerpo pero el movimiento es tenebroso, casi invertebrado. Abre la boca. Parece que fuera a bostezar pero no lo hace. Su boca abierta y de repente, sus ojos también. Los ojos de la mesera están en blanco por una fracción de segundo, tras lo cual se inyectan de sangre y su cara adquiere una expresión de odio y sed de venganza.
En ese momento uno de los amigos de Rafael corre desde atrás de la mesera para ayudar a su amigo caído; pasa en frente de ella y dispara hacia los atacantes en el suelo, corriendo hacia Rafael y sin percatarse de la expresión de la chica. La mesera lo toma de la cara y lo muerde en la nariz; la pistola cae al suelo y dos adolescentes que acaban de entrar al bar siguen el ejemplo de la mujer y embisten al amigo de Rafael en los brazos y piernas.

Sigo corriendo hacia el baño junto con Liza. Llegamos al extremo de la barra y me siento mareado y caigo al piso. Desde ahí puedo ver cuerpos que se paran y la misma expresión de hace un instante en la mesera: caras pálidas y ojerosas que se transforman en actitudes de odio, ojos inyectados y sangre por todos lados. Liza me da golpes en la cara gritándome que reaccione, que no la deje sola, no entiendo qué está pasando, veo su cara y luego vuelvo mis ojos al piso. Me jala la camisa hasta romperla, sigue golpeándome y consigo concentrarme en ella. Me levanto con su ayuda y logro sentarme en una de las sillas de la barra. Pido un trago a gritos, me rio, estoy delirando; Liza comienza a llorar y me grita que sigamos el camino hacia el baño. Me jala del brazo izquierdo, tratando de caminar e impulsarme a seguirla. Caigo de cabeza sobre la barra. Estoy inconsciente.

No. No lo estoy. Pero sigo inmóvil. Comienzo a sentir agua por todos lados, está subiendo rápidamente, me llega a la rodilla. Liza sigue gritando y jalando mi brazo cada vez más fuerte. Siento que la distancia hasta el baño es cada vez mayor. Mi brazo se estira. El corredor al baño se alarga hasta el infinito. Las luces cambian de color y los sonidos se distorsionan en mis oídos. Liza se aleja de mí pero sigue empeñada en moverme de mi silla. El agua ya me llega hasta el cuello. Saco los brazos del agua y están completamente secos. El agua sobrepasa ya mi cabeza pero no me estoy ahogando. Algo anda mal. ¿Estoy alucinando? De repente abro los ojos.

Me siento débil. Quiero seguir a Liza. ¿Qué pasa con tus ojos? me dice mientras me observa con expresión de terror, me suelta del brazo y sale corriendo increíblemente rápido para la cantidad de agua que nos rodea. Pareciera no sentir la presión del agua. Liza puede moverse libremente. Comienzo a gritar mientras logro ponerme en pie e intento seguirla. Yo no tengo su habilidad. De hecho cada movimiento mío es más torpe que el anterior. El agua se hace pesada y Liza está llegando al baño. Detrás de ella cuatro hombres igual de torpes a mí la acechan. Grito más fuerte aún y tomo a uno de ellos por el hombro, se voltea, me gruñe con la mirada perdida y se suelta siguiendo su camino hacia Liza. En este momento me doy cuenta de que estoy herido en el brazo derecho. Me falta un pedazo de piel. Fui mordido cuando me atacaron en la mesa, antes que Rafael le disparara al maniático en la cabeza.

Me volteo y veo alrededor. Ya no hay agua en el lugar pero mis movimientos siguen respondiendo a la presión del agua en un tanque; en una piscina llena de carne y sangre, donde todos los cuerpos de las víctimas han logrado ponerse en pie y ahora actúan al igual que sus victimarios, buscando nuevas presas para atacar.

Me volteo hacia la entrada y puedo ver a través de las ventanas rotas el caos en la calle. Una patrulla en mitad de la vía estrellada de frente contra una camioneta blanca, en cuyo platón alguien es atacado a mordiscos en la cabeza. La patrulla tiene sus puertas abiertas y no parece haber policías alrededor. Nadie es capaz de poner orden a esta demente situación.
Busco el cuerpo de Rafael en el piso pero ya no está ahí. La mesera que recibió el disparo de mi compañero de colegio pasa enfrente mío y temo ser herido de nuevo. Pero ella sigue su camino hacia el baño. Hacia Liza. Oigo sus gritos desde el baño. De repente siento hambre. Una terrible hambre que supera mi razón. No puedo pensar en nada distinto a comer. Lo que sea. Veo a Rafael salir del baño. Tiene sangre en su boca y gruñe. Me ve a los ojos pero parece no reconocerme. La sangre que veo en su boca aumenta mi deseo de comer. Sus movimientos son lentos y su trayecto parece interminable. Rafael sale por la puerta principal del bar y en la calle se estrella con una mujer que corre gritando. Ella cae al piso y Rafael gruñe mientras se agacha hacia su víctima.

Mi hambre se hace insoportable y me impulsa a ponerme de pie. Miro la sangre en mi brazo herido y me lleno de ira hacia quien produjo mi dolor. Seres más lentos aun que yo siguen entrando al baño. Grito y los hago a un lado, los empujo y boto al suelo. Mi ira es superior a la de ellos. Entro al baño y encuentro a Liza en el piso, muerta, al lado de la ventana que da hacia la calle. En el espejo del baño veo mi rostro pálido, mis grandes ojeras y los globos oculares inyectados de sangre. He perdido a Liza. Ahora soy uno de ellos.

jueves, 13 de diciembre de 2007

El Oráculo de las mutaciones


El oráculo de las mutaciones.
Una luz en la oscura ciudad.


Bosque de bambú en China.


La filosofía oriental siempre me ha llamado la atención. Cuando estudié en el Externado traté de incluir todos los Estudios de Área relacionados con oriente, y fue así como tuve mi introducción a las culturas de Asía, con énfasis en China e India. Hice una ambiciosa exposición con mi gran amigo Carlos Mendoza, en la que durante hora y media planteamos los preceptos básicos del Taoísmo, Budismo y Confucianismo, las corrientes filosóficas con mayor arraigo en China.

Desde ese momento lo que más me impresionó del modo de pensar oriental fue su total coherencia de lo micro a lo macro, de lo individual a lo general, de la esfera familiar a los altos círculos del gobierno. En la filosofía occidental no encuentro ese hilo conductor que permite entender al mundo como un todo, interrelacionado y sincronizado. La contemplación de la naturaleza a lo largo de miles de años, ha permitido a los chinos desarrollar un método de pensamiento universal y coherente con los sucesos del mundo.

Más adelante descubrí al I Ching, el Libro de las Mutaciones, antiguo oráculo usado por los chinos, y que recoge preceptos y enseñanzas de la filosofía que se han desarrollado en China a través de su historia. Si bien el I Ching permanece como un texto anónimo, fue Confucio quien más aportes realizó a la recopilación de la versión actual, traducida al inglés por Richard Wilhelm.


Para mi modo de pensar, estructurado de acuerdo a la lógica de la razón, la causalidad y la demostración, fue una experiencia chocante el aceptar que mediante el lanzamiento de tres monedas idénticas, el I Ching arrojaría respuestas a mis preguntas formuladas. No existe aparentemente una relación entre el azar presente al momento de tirar las monedas, la elaboración de mi pregunta y los preceptos consignados en cada uno de los 64 hexagramas que componen al I Ching. Pero mi curiosidad fue mayor que mi razón y seguí haciendo preguntas al oráculo milenario de los chinos, y las respuestas obtenidas me han dejado sin palabras, al notar el aprendizaje obtenido a partir de mis propias preguntas y la exploración de mi inconsciente.




Los 64 hexagramas contenidos en el I Ching, cada uno con un significado particular.

La edición del I Ching de Richard Wilhelm contiene un prólogo de Carl Gustav Jung, una de las mentes más brillantes de occidente. Discípulo de Sigmund Freud en sus primeros años y luego su gran opositor, Jung no solo dejó a la humanidad el legado de su trabajo psicológico y psiquiátrico (los arquetipos y la definición de inconsciente colectivo entre otros) ; siempre se interesó por el arte, la evolución de las culturas y la filosofía oriental.

C. G. Jung se convirtió en asiduo lector del I Ching, tanto como manuscrito filosófico como libro oráculo, y se encargó de la presentación a la edición de Richard Wilhelm, comentando su experiencia con el Libro de las Mutaciones. Dicho prólogo contiene un gran valor intelectual por tratarse de una de las mentes más analíticas y agudas de occidente, consciente del aporte que el I Ching ha hecho para su crecimiento personal.


Carl Gustav Jung. Su enemistad con Freud comenzó a raíz de la definición de la Líbido.

El primer tema que inquieta a Jung sobre el I Ching y en general sobre la filosofía china, es la despreocupación por la causalidad y la gran atención prestada a la casualidad. En la filosofía occidental ocurre el caso contrario, donde la casualidad es menospreciada frente a la gran fuerza de la causa–efecto. Los chinos dan por hecho la causalidad, puesto que un acto siempre genera una consecuencia y no hay nada de qué asombrarse al respecto. Pero en la observación de la naturaleza deja mucho que pensar la importancia de los sucesos casuales.

Cuando llueve en un bosque, de acuerdo a los vientos el agua caerá de una determinada e irrepetible manera; algunos árboles brindarán refugio de la lluvia, otros la dejarán pasar; el curso del agua al llegar a la tierra dependerá de la superficie y los seres vivos se beneficiarán o no del agua de acuerdo a su posición en esta situación. Los chinos observaron que existen tantos sucesos interrelacionados en la naturaleza, que es imposible que se repitan de igual manera en una segunda ocasión. Jung llama sincronicidad a esta situación, mientras que los chinos se refieren a “agentes espirituales” que actúan de un modo misterioso.


Paisaje del Río Nujiang.


Es así como la fuerza del pensamiento chino se ha enfocado en la observación y aprendizaje de las fuerzas de la naturaleza, y nunca en desarrollar lo que en occidente se ha llamado ciencia. La preocupación de la ciencia occidental ha sido encontrar leyes absolutas, mediante ensayos de laboratorio y la elaboración de estadísticas. Un chino diría que la existencia del margen de error desvirtúa la elaboración de una ley absoluta. De esta forma el principio de casualidad es fundamental para la lectura del oráculo del I Ching.



El procedimiento:



Las tres monedas utilizadas para consultar al oráculo. Una cara tiene inscrita la imágen

de un dragón y una serpiente. La otra cara tiene inscritos ideogramas chinos.

Se lanzan las tres monedas en seis repetidas ocasiones, pensando siempre en la pregunta formulada al oráculo. Del resultado de cada lanzamiento será dibujada una línea hasta completar las seis que harán referencia a uno de los 64 hexagramas. Para Jung, cada lanzamiento arrojará una expresión del estado psicofísico de la persona en ese momento particular. Cuando se toma un puñado de fósforos y se los deja caer libremente, el pulso, ansiedad y emotividad de ese momento influirán en la forma de caer de los mismos, generando formas únicas e irrepetibles. De igual manera el lanzamiento de las monedas arrojará resultados diferentes en cada ocasión.

En el desarrollo de su prólogo, Jung pregunta al I Ching sobre la conveniencia de presentar la edición de Wilhelm a occidente. El hexagrama resultante es el número 50, Ting (El Caldero), donde el I Ching habla de sí mismo como un caldero puesto al revés, es decir, entrado en desuso porque no se puede depositar nada en él. Jung analiza esta situación como un reflejo de la desconfianza que existe en el mundo occidental hacia el libro, y su método fundamentado en las fuerzas de la casualidad.

Pero como el I Ching trata de cambios, de movimiento, de mutaciones, este hexagrama se transforma –al convertir los trazos de mayor tensión en su opuesto, es decir ying en yan y viceversa– en el hexagrama 35, Chin (El Progreso), el cual presenta a Jung un curso favorable para seguir su trabajo, advirtiendo sin embargo sobre la envidia y desconfianza que algunos “amigos” sentirán por él. Muchos colegas de Jung se opusieron a su interés en la filosofía oriental, lo cual nunca lo desanimó.


Los 64 hexagramas están compuestos por la unión de dos de los 8 trigramas básicos de la figura.


La antigua sabiduría de oriente enfatiza que el individuo inteligente entienda sus propios pensamientos. El I Ching insiste en la autorreflexión; siguiendo a Jung, “el I Ching presenta una larga exhortación a una cuidadosa indagación de nuestro propio carácter, actitud y motivaciones”. La personalidad de cada uno está implicada en la respuesta del oráculo. Por eso cada resultado es único e irrepetible.

Muchos cuestionamientos racionalistas se han levantado en contra del I Ching. Jung compara la situación con los tortuosos caminos del inconsciente, que no responden a principios lógicos. “El psicólogo no puede descartar lo irracional o lo que no tiene explicación a simple vista...lo irracional es inquietante, produce inseguridad; pero la seguridad, la certidumbre y la paz no conducen a descubrimientos”.

En el camino de la autorreflexión no he encontrado respuestas tan valiosas como las de la filosofía de oriente. El Libro de las Mutaciones, I Ching, recopila las enseñanzas chinas sobre la observación de la naturaleza y la relación del hombre en ella, y tiene el poder de siempre ofrecer una luz en medio de las dudas. Una luz tan fuerte como lo sea la introspección de cada uno. Una luz en la oscura ciudad.


Ideograma chino para la palabra “unión”, puesto en la puerta

de mi cuarto por consejo de una amiga de Taiwán.


martes, 21 de agosto de 2007

Deseo el mar


Deseo el mar está disponible como descarga en www.myspace.com/singolservin

Hace dos años me encontraba en Barcelona. Vivía en un apartamento en el centro de la ciudad. Una noche de insomnio encontré, urgando entre los libros de la biblioteca del propietario una carta que me llamó la atención. He aquí el texto que apareció doblado entre un libro de los setenta que contaba el ascenso a la gloria de Julio Iglesias, luego de lesionarse como estrella del Real Madrid.

¿Qué debo escribir antes de suicidarme?

Durante meses he pensado paso a paso en todo esto. Esperar a un día de invierno en que suba la marea, poca gente alrededor, caminar por el rompeolas y guardar la nota suicida en el bolsillo al interior de mi chaqueta impermeable. "Podría llegar hasta el fondo del mar y lo que guarde en los bolsillos interiores seguirá perfectamente seco, señor", me aseguró el vendedor de la tienda donde la compré. Tengo el bolsillo perfecto, tengo una hoja de papel, un lápiz, pero no sé cómo empezar a escribir. Debe ser algo especial. Debe haber un ritual.

En el fondo todo se trata de rituales. De encontrar el propio mío. Mi espacio sagrado. Cosas, pensamientos, sentimientos realmente sinceros, humildes, en los que se pueda confiar, creer y venerar. Vivo rodeado de mierda: la mía propia, la de los otros, la mierda del mundo entero. Ambición, orgullo y egolatría escurren de mi culo dejando una gran mancha café verdosa por cada sitio que paso. Quiero parar esta diarrea. O mejor terminarla de una vez por todas.

Quiero volver a ser sincero, a oir mi voz interior y no hacer caso nunca más a las voces de la mierda. Tanto las mías como las de los demás, infectadas de ambición, orgullo y egoísmo. Voces para olvidar. Las cambio por las olas del mar. Quiero vivir solamente para escuchar a mi verdadera voz interior, que sé que no es mía. Es tuya, es de todos.

Es la conexión íntima contigo. El mar. Con la música. Esa voz que todos llegamos a oir algunas veces pero que preferimos ahogarla con litros de mierda descompuesta. Quiero olvidar mis planes, mi ambición de poder, mi egoísmo y mi utilitarismo. Morir para nacer de nuevo. Y necesito tu ayuda. Necesito pedir prestado tu lenguaje, tu misteriosa voz simétrica y perfecta. Tu sonido, tus ondas, tu magia. Respirar tu brisa y hacerme a tu lado. Escucharte y encontrar un camino.

Quiero ir y volver como tus olas para sentir el movimiento, el ciclo de vida y muerte. Quiero olvidarme de todos para así volverlos a conocer. Volver a conocer sus voces internas. Porque durante años he pensado en ellos, en ayudarlos desinteresadamente. Pero hoy soy consciente de mi farza. Del puto orgullo, de la ambición oculta en el fondo de tan venerable objetivo común.

¡¡¡A la mierda con las causas comunes!!! No son más que engaños para alcanzar el poder individual, el control, el dominio. Quisiera tener un contacto real, primero conmigo mismo, luego contigo. Quisiera aprender de tu serenidad, de tu calma que se transforma en fuerza.

Te devuelvo mi voz interior, a punto de ahogarse en un estanco de mierda. De la mía propia. A punto de morir pero aún con el suficiente impulso para volver a tí. Mi voz es tuya. Siempre lo ha sido. Mi voz solo tiene sentido al ser parte de tí.

Deseo nunca más estar en este lugar,
deseo no volver atrás.
Deseo terminar en el fondo del mar
y ya no quiero respirar,
jamás.

Deseo el mar está disponible como descarga en www.myspace.com/singolservin

martes, 7 de agosto de 2007

Mamá, ¿puedes matar a Lucas?

Música de Singol Servin y la fórmula secreta para acabar con Lucas en www.myspace.com/singolservin

Esta es una historia común para un personaje común. Uno de esos que nos encontramos todos los días pero siempre lo queremos negar. Lo vemos y al poco tiempo lo tratamos de olvidar. Y siempre lo logramos. Por eso mismo merece tener un pequeño instante de gloria, un momento de gracia. No esperen nada espectacular. Lo que sigue es la historia de una criatura común y corriente.

El pasado domingo me encontraba en un asado para celebrar el cumpleaños de un buen amigo. Mucha cerveza, carne, papas, amigos que hacía mucho tiempo no veía, gente desconocida y un único niño. El hijo de la primera pareja de las presentes que se casó. En medio de su desconcierto entre gente adulta, el niño paseaba por toda la terraza donde nos encontrábamos reunidos, mostrando a todos su nuevo Autobot que se transormaba en Grúa. El niño llega hasta el rincón donde Diego y yo hablamos y esperamos que pase una nueva tanda de carne recién asada. Nos muestra su juguete y quedamos boquiabiertos. No pasamos un solo sábado de nuestra infancia sin ver a los Transformers en televisión nacional en la mañana. Somos adictos.

"Oye niño, no tiene el holograma", es lo primero que me atrevo a decir luego de recuperarme del asombro de encontrar un juguete de mi infancia veinte años después de, estando algo borracho y esperando a comer carne asada. "Ya no los sacan como antes", me dice Diego mientras nos reímos de la situación. El niño está feliz y nos habla sobre la película que vio la semana pasada en el cine. Cuando todavía Diego y yo pensamos en Autobots el niño habla de Harry Potter y cuando termina de contarnos la película Diego le dice:

"¿sabes que Harry Potter morirá al final de la historia?".

No puedo contener una estruendosa risa que llama la atención de la gente alrededor. Y es en este momento cuando la criatura aparece, tentada por la risa producida por los comentarios de otros, nunca de los propios, buscando robarse algo de atención.

No lo había visto llegar a la fiesta. La verdad es que nadie lo ve llegar nunca. Solamente cuando se acerca lo suficiente para dejarte ver sus dientes podridos de color amarillo, las cicatrices de una grasosa pubertad mal tratada, y los desorbitados ojos que se asoman por sus gruesos anteojos, es que te has dado cuenta que Lucas ha llegado.

Y eso sin contar con su mal aliento y los fluidos que emanan de su boca. Lo primero que hace al acercarse a nosotros e hipócritamente alabar a Diego es escupir sobre la chaqueta de mi amigo un gargajo blanco y maloliente. Diego mira con asco la mancha que el engendro ha dejado. Cuando Lucas peina el escaso pelo que tiene sobre su cabeza y decide vestirse con algo de estilo, se parece a Stephen Hawking. Solo físicamente, no en su inteligencia, por supuesto.

Pero él se cree inteligente. Cree tener esa inteligencia mordaz que le permite dominar toda situación. Estar por encima de todos los mortales. Nada menos cierto. Lo único que lo pone por encima de todos es su primo, el anfitrión, que es un gran amigo y nadie quiere darle problemas en su casa. Pero el inconsciente colectivo quiere acabar con la presencia de este personaje llamado Lucas.


Lucas habla al niño sobre muertes de personajes famosos. Muertes en el cine, muertes en televisión, muertes de políticos. Es insoportable. Habla sobre la lógica que lleva a algo más allá de la muerte. El niño sigue a nuestro lado y al de Lucas también. Sus ojos comienzan a aguarse. Él repite “muerte”, muchas veces. Deja caer su Autobot al suelo y encuentra latas de cerveza y las bota fuera de la terraza. Y sigue gritando “muerte". Sus padres vienen y lo tranquilizan. El niño llora y patalea mientras grita a su madre algo que nos hace reír hasta caer al piso a Diego y a mí, observadores del desastre que Lucas generó en el pequeño:

“Mamá, ¿puedes matar a Lucas?”
Música de Singol Servin y la fórmula secreta para acabar con Lucas en www.myspace.com/singolservin

domingo, 5 de agosto de 2007

Una canción de la oscura ciudad


Oscura Ciudad está disponible como descarga en www.myspace.com/singolservin

Otra mañana de resaca. Y no cualquier mañana. Es domingo. Son las nueve de la mañana en mi reloj despertador que ahora está en el piso y desde hace dos semanas me da la hora con veinte minutos de retraso. O sea que son las nueve y veinte de la mañana. Me levanto y no me siento borracho. La lucidez vuelve a mi cabeza y dentro de poco comenzará ese dolor de cabeza y tembladera que me acompañan en mi cama todas las mañanas de domingo.

Pero este momento es mágico. Me encanta este estado mental y la extrema sensibilidad de cada parte de mi cuerpo. Pienso claramente pero conservo el me-importa-un-culismo de la noche anterior, y la anterior a esa noche, cuando comenzó la fiesta al salir de la casa de Laura. Qué pesadilla ver de nuevo a Laura, con su séquito de amigas suyas (amantes mías) restregando en mi cara a sus nuevos novios y yo solo, sin ninguna de ellas.

Es tiempo de coger la guitarra. Mi pulso no funciona bien, pero aún así tomo fuerzas, me siento en el piso, enciendo el laptop y comienzo a grabar una guitarra con distorsión, la guitarra líder que acompañará a los fraseos en guitarra acústica que grabé el viernes antes de salir a casa de Laura. Aun me pregunto por qué decidí ir a esta reunión. Supongo que estar sin ella sigue siendo fatal para mí. Deseaba verla, aun sabiendo que no volvería a pasar nada entre nosotros. Quería demostrarle de lo que se estaba perdiendo al hacerme a un lado de su vida. Nada menos cierto. Laura se ve tan bien que todos están de acuerdo en que terminar conmigo fue la mejor decisión que pudo haber tomado.

Porque las decisiones se toman. Seguir tomándolas.Tomé todos los whiskys que pude en casa de Laura, asaltando al mesero cada vez que pasaba a mi lado. Me emborraché solo, compartiendo vagos diálogos con viejos conocidos que pasaban a mi lado. Me aseguré de terminar con las reservas de alcohol de la casa y cuando Laura le dijo al oído a su novio, lo suficientemente fuerte como para que yo también oyera, que las bebidas habían terminado y era hora de ir a algún bar, decidí salír a caminar. Sin despedirme de nadie me escabullí por la puerta de atrás y comencé a andar y rodar por la montaña hasta llegar a la avenida principal, muy abajo de la cima coronada por la torre de diez niveles en cuyo último piso un desconocido besaba a mi novia. Era algo que tenía que pasar. Me lo venía buscando desde hacía mucho tiempo. Laura me soportó demasiado. Y así es como me encuentro en la vía principal, solo, cansado de andar y con ganas de seguir bebiendo y tener sexo.

Así que manos a la obra. Tomo un taxi y en el camino voy recordando lugares que solía visitar. Amigas a las que hace meses no llamo y que espero me reciban y me den algo de beber. Luego de tres intentos sin respuesta renuncio. Le digo al taxista que se detenga y me deje en la quince. Me bajo del taxi y casi caigo en la acera al tropezar con un bolardo. Un hombre de chaqueta negra y muchos volantes en sus manos se acerca y me pregunta qué deseo: perico, cerveza, chicas. Quiero chicas esta noche, le respondo. Me invita a seguirlo a un bar.

Pierdo la noción del tiempo. Abro los ojos y veo mi reflejo en un espejo en el techo. Siento mi cabeza a punto de explotar. Los blancos y delgados brazos de una mujer sobre mi pecho. No recuerdo quién es. Se ha dado cuenta de que desperté y voltea su cara hacia mí. Mientras me acaricia veo su cara, su capul de pelo negro que me lleva la mirada a la esquina de la habitación donde se encuentran sus botas negras de cuero con taches. Ahora recuerdo lo que pasó anoche. Cuando entré al bar vi en la barra a una mujer blanca, muy flaca, de pelo negro largo, capul perfecta, blusa y pantalón negros, y las mismas botas que logro ubicar en este cuarto al que no sé aun cómo llegué.

Si algo me puede enloquecer en una mujer es ese look punk. En efecto enloquecí. Aparecen flashes en mi mente de una botella de ron a la mitad, caricias en mi vientre, risas y alabanzas de ella por los UK Subs, mías por los Sex Pistols y Live in the Prison, y malidiciones comunes por todo el neopunk y esa mierda prefabricada que unió al pop con el rock n roll de la decadencia inglesa de finales de los setenta. Ella me besa y yo le digo algo al oído. Ella me mira a los ojos, sonríe y acepta con un movimiento de cabeza. Es hora de irnos.

He estado con ella desde el amanecer hasta ahora, final de la tarde del sábado según el reloj de la tele, y no pienso irme de aqui. Mi cabeza me lo impide. Además de la resaca siento el dolor, en mis brazos y piernas, propio del esfuerzo físico de una noche de lujuria. Enciendo un cigarrillo y me siento satisfecho, hasta que aparece en mi cabeza ese nombre que me atormenta y no me deja estar en paz. Laura. Entonces decido mandar a la mierda su recuerdo, mis temores, mi debilidad, y continuar con la acción con mi chica de capul negra. Luisa.

Y así seguí durante todo el sábado. Ahora vuelvo al domingo. A otra mañana de resaca. Mi escaso pulso en la guitarra no es gratuito. El dolor de cabeza que ahora sí ha comenzado tampoco. Anoche tomé otra botella de ron mientras decidía terminar con mis recuerdos de Laura. Me queda poco de intelecto antes de caer como un vegetal y no ser capaz de nada más que ver alguna porquería en la tele. Algo que no me haga pensar mucho. Entonces es momento de parar de escribir y tocar. La guitarra me lo pide.


Oscura Ciudad está disponible como descarga en www.myspace.com/singolservin