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miércoles, 23 de abril de 2014

Una tarde de verano


La interminable luz del día.
El vapor en el horizonte y el cielo azul.
Las ventanas abiertas y la brisa del Mediterráneo que llega fría por la altura del edificio.
Las ramas de los árboles y sus flores amarillas que se pueden tocar con las yemas de los dedos.
Conocidos y desconocidos que hablan, ríen y beben.
Una mujer fuma su cigarrillo en la ventana de la sala mientras sigue el ritmo de la música con un divertido y casi invisible movimiento de cabeza.
Canciones de rock n´roll y country en su playlist.
Su pelo largo, liso y negro.
Su piel blanca y delicada.
Sus ojos buscan los míos mientras juega con su falda blanca y de flores rojas.
El momento y el olvido de las horas.


lunes, 21 de abril de 2014

Hogar ocupado


Puedo oír mis pasos rebotar entre las paredes de los edificios en la calle desierta y oscura. Había luz cuando comencé el recorrido pero la noche llegó y los otros caminantes llegaron a su destino antes que yo lo hiciera. La soledad implica la supresión de sonidos y la mayor atención al detalle de los propios. 

El edificio es nuevo y brillante como el mármol negro de su fachada, pisos y paredes. Ella me está esperando en la recepción para llevarme a conocer el apartamento que me tiene reservado. El brillo de las luces superiores en el mármol me hace olvidar qué hora es y cuando levanto la mirada hacia las ventanas, me sorprende encontrar la noche.

Subimos al ascensor y nos detenemos en uno de los últimos pisos, para caminar por el corredor a la derecha que conduce al apartamento. Cuando ella abre la puerta vuelvo a perder la noción del tiempo, pues las luces se dirigen directo a mis ojos. Pero esta vez las luces provienen del edificio del otro lado de la calle; entran al apartamento a través de las ventanas que van del piso al techo en la zona de la sala y el comedor. También veo la sombra debajo de las escaleras que llevan al altillo.

Damos una vuelta por el lugar, sus habitaciones, la cocina y por último subimos al altillo. Las luces del apartamento continúan apagadas, la luz del exterior es débil pero suficiente. No pensamos siquiera en que se necesite más iluminación. Cuando bajamos las escaleras oímos voces bajo nuestros pies. Tres personas sentadas susurran algo mientras una de ellas enciende un cigarrillo.

Corremos hacia la zona de las habitaciones y encontramos que ahora están ocupadas por más personas oscuras, que apenas se diferencian de una sombra, hablando de forma casi imperceptible y clavando sus miradas en nosotros. Luego sucede lo mismo con los demás espacios del apartamento. Cocina, comedor y lobby de entrada, están ocupados por estos personajes sombríos que no quieren compartir su conversación con nosotros. 

Le digo a ella que tengo que irme y que no parece ser el momento adecuado para hablar de negocios. Ella insiste en la puerta de entrada pero yo me adelanté al pasillo y ya voy camino al ascensor. Ella grita una cifra en dólares y yo le respondo que no me interesa el número, ni nada relacionado con él, y que debo irme pronto. Puedo ver las sombras detrás de ella, sus ojos y el fuego de un cigarrillo.


domingo, 20 de abril de 2014

Hacia las montañas


La carretera recta e interminable hacia las montañas y nevados. Pasamos horas en el carro, bordeando el mar por la autopista y rumbo al norte. La gente afuera varía de acuerdo al trayecto recorrido. Los primeros vistos son los menos abrigados, y los últimos los más preparados para el invierno. Tienen en común la vida campestre, despreocupada y sin afanes.

Cuando llegamos a la primera montaña paramos en una estación de servicio. En lo que queda de ella. No hay nadie atendiendo. Solo una cámara de seguridad encima de la caja registradora y enfocada hacia la puerta de entrada. La nevera está casi vacía y solo quedan un par de botellas de agua. La estantería de los fritos en igual estado, y salta a la vista un viejo paquete de plátanos.

Una voz desde el fondo de la tienda avisa que nos atenderá y que nos vió llegar a través de la cámara de video, pero que estaba ocupada en ese momento. Cuando llega al mostrador, la voz es la de una mujer morena que nos saluda amablemente. Conversamos sobre la carretera, el viaje y el destino final en las montañas. Nos advierte de los peligros de la zona, ahora abandonada por la mayoría de sus antiguos habitantes, y el clima mortal para los que no están preparados a estas condiciones. 

Al detallarla con detenimiento, veo que la cara de la mujer tiene un tono lechoso por efecto de la ampolla que le cubre gran parte del rostro. Parece recuperarse de una quemadura grave, y en la frente justo arriba de la nariz, la ampolla deja un hueco en la piel que permite surgir a su natural color oscuro. Sus dientes emiten un sonido de mordida mientras permanece callada y nos escucha; se mueven en sentido contrario, los dientes superiores a la derecha y los inferiores a la izquierda, desfigurando su expresión. En cambio, sus grandes ojos negros permanecen atentos a nosotros, firmes y serenos.

Nos despedimos y salimos del lugar sin comprar nada. Subimos al carro para continuar el recorrido, por el camino desolado que sube la montaña y que deja ver en el horizonte las primeras formas cercanas de nieve, que parecieran poderse tocar, a diferencia de la primera vista de blancas cumbres lejanas, en las etapas iniciales del recorrido, cuando aun bordeábamos la playa.


sábado, 19 de abril de 2014

El siguiente momento


Termina la sesión y ya casi es mediodía. Se para y mira hacia abajo para comprobar que la corbata sigue en su sitio y no adelante, quedando torcida o al revés por el movimiento del cuerpo o encima del saco del vestido. Levanta la mirada y observa el mismo estilo de traje en cada uno de los asistentes, la mayoría aun sentados, organizando sus papeles y computadores antes de retirarse de la sala. Paño azul, camisas blancas y corbatas negras. Los mira a los ojos y asiente en señal de despedida. El acuerdo está listo.

Cuando sale del salón se encuentra en el pasillo con sus subalternos, que se adelantaron unos minutos sin que él se diera cuenta, pues no se sentaban en la mesa sino detrás suyo, en las barras y junto con el grupo de asistentes y asesores de los demás participantes. No le gusta esto y les lanza una mirada aguda, pero ellos evitan su mirada y continúan hablando con quienes harán parte de la siguiente etapa del proceso. Chismes de corredor y la oportunidad de ser los primeros en dar la noticia de lo pactado. Es lo que siempre buscan los segundos, y lo encuentra natural y desagradable. 

Es el primero en llegar a su oficina y da vueltas por la sala de juntas. Ya es hora del almuerzo y no tiene hambre. Piensa en las galletas con relleno de crema que comió en la reunión y es aquí cuando se da cuenta que su boca se ha quedado sin saliva. Toma un vaso de agua y sale a comer. No tiene interés en la comida, pero sí en caminar hasta el restaurante. El sol ilumina la ciudad desde primera hora de la mañana, arriba del cielo despejado y claro. El viento frío y fresco viene en sentido contrario, entra a través del vestido y hace que la corbata salte de su lugar, para por un momento acomodarse en el hombro izquierdo.


lunes, 14 de abril de 2014

John Grady Cole

Una canción para el vaquero errante.



Temores y castigos


1.

Los miércoles a las cinco de la tarde comienza la serie que espera con fervor durante toda la semana. Un capítulo semanal sobre la vida de los integrantes de un equipo de fútbol, sus novias, seguidores y los conflictos con sus padres: es la ilusión que lo mantiene expectante y ansioso por conocer los resultados del capítulo de la semana, y luego del siguiente y del siguiente a ese. En la cabeza del niño, la historia del capítulo recién visto se multiplica, creando espacio a situaciones que él considera pertinentes pero que el capítulo no ha mostrado; momentos íntimos que según él definirán la esencia de los personajes. Así pasa su tiempo, entre la realidad del capítulo del miércoles en la tarde y la ficción complementaria durante la semana siguiente.

El miércoles siguiente el televisor está encendido desde antes de la hora de su serie y muestra algún programa diferente. Pide que se cambie el canal y la respuesta es no. Por más que repite su pedido la respuesta continua en el mismo sentido, con mayor intensidad, autoridad y rabia. No queda nada más que hacer que llorar. No solo va a perder el capítulo semanal, sino la posibilidad de comprobar sus ficciones de la última semana y componer las de la siguiente. Se siente miserable, va a su cuarto y al poco tiempo se queda dormido.

Al día siguiente el silencio es la constante. El desayuno está en la mesa pero no le habla nadie. Lo acompañan al colegio sin ningún tipo de conversación. En la noche durante el noticiero tampoco. Así continúa la situación por tres días hasta que al fin cree haber hecho algo malo. Al final, los resultados de un partido de fútbol en los titulares del noticiero de la noche son el pretexto con el cual pudo volver a tener una respuesta: mira al niño y asiente con un seco mugido. No volvió a ver la serie de los miércoles pues ya no la entendía y en adelante temió volver a encontrar el televisor ocupado.


2.

Las malas notas en matemáticas del segundo trimestre lo hacen merecedor del castigo por el cual la consola de videojuegos queda decomisada durante todas las vacaciones de mitad de año. Fue comprado con sus ahorros y el aporte mayoritario de una tía que viajó a San Andrés. Los videojuegos, reproductores de música y el rock n roll son mal vistos por la autoridad, así que la ayuda de parientes es requerida para adoptar los cambios de los tiempos modernos, que encuentran resistencia en la estructura de poder familiar.

Menos mal la jornada de trabajo deja suficiente tiempo al niño para encontrar el lugar donde se esconde el aparato, sacarlo, jugar y devolverlo a su sitio antes de que lo descubran. También recibe apoyo clandestino para ello. Semanas después se retira el castigo y puede volver a jugar con normalidad, hasta que al poco tiempo sale un ligero humo blanco del aparato, y luego de posteriores fallidos mantenimientos llega a su fin.


3.

Correr aprovechando la ventaja del cuerpo pequeño, inquieto y joven, frente al grande y atrofiado del adulto. La mesa redonda del comedor es el punto ideal donde nunca podrá alcanzarlo, con las escaleras justo al lado, lo cual le da la ventaja de pasar de la carrera en círculos a la de los saltos de dos a tres escalones, que el mayor no podrá seguir. 

Para este momento ya hay un cinturón fuera del pantalón y tiene que llegar a su cuarto en el segundo piso y cerrar la puerta con seguro. Pasará un buen rato ahí y nadie abrirá la puerta, porque días antes quitó la suya del llavero que guardan en el armario junto al tarro de los dulces de frutas. 


viernes, 11 de abril de 2014

La carrera


Cuando vuelve a su barrio es de noche y pocas luces permenecen encendidas. Varios faroles están apagados y puede ver la luz de la ventana de su casa, aun cuando todavía queda un largo camino por recorrer en línea recta, cruzando ese valle poblado por casas blancas con techos de paja. Las calles están vacías, la noche es oscura y la luz en su casa significa que ella aún lo espera.

Abre la puerta de la casa y la ve sentada en el sofá pero lista para irse a la cama, sin pantalones y con una delgada camisa blanca. Había olvidado cómo le gusta ver su pelo negro y liso y recogido que cae sobre su blanco y pequeño hombro derecho, para más abajo confundirse en el interior de la camisa. Ella lo mira a los ojos, se agacha para recoger su pantalón dejando ver el tatuaje que cubre la mayor parte de su espalda y comienza a llorar. No deja que él la consuele y rechaza el brazo que pasa encima de su hombro y de su pelo largo y recogido. Sin embargo los dos saben muy bien que de un modo u otro irán a la cama, luego ella volverá a llorar, él continuará con su oficio y ella se quedará sola.

Es el primero en despertar cuando apenas sale el sol. Se pone la ropa y revisa que su cuchillo siga en el bolsillo delantero del pantalón y dentro de su funda. Sale de la casa antes que ella despierte y se encuentra con el mismo valle de casas blancas con techos de paja, pero ahora poblado de ojos. Ojos hambrientos que lo siguen desde cada rincón oscuro y lo invitan a desenfundar el cuchillo para demostrarles quién domina el lugar, quién no tiene miedo a la muerte y a quién no alcanzarán cuando comience la carrera por las estrechas calles del sector comercial, al final del valle y donde se alza la montaña. Ese lugar en donde la pendiente del camino se encuentra con los techos de las casas e invita a saltar y a correr por las estructuras superiores. Ese lugar donde el pueblo viejo, sórdido y vicioso revive ante la oportunidad de cobrar la vida de uno de los suyos.

Los ojos hambrientos se acompañan ahora de manos y cuchillos y lo persiguen, pero aún no llevan su ritmo. Ya sube por la montaña cuando los primeros atacantes saltan hacia él empuñando sus armas y logrando hacerle rasgaduras en el pantalón y la chaqueta, pequeños incentivos que multiplican su ira y deseos de lucha contra esa fuerza lúgubre y colectiva de la cual también hace parte. Salta al primer techo y siente el frío viento en su cara así como el primer corte profundo en la pierna, que lo obliga a improvisar cambiando su rumbo hacia el techo de la izquierda. Continúa en esa dirección y ve cómo de los techos surgen escaleras de madera que se apoyan en las estructuras de madera de las casas para dejar ver nuevos ojos hambrientos y el brillo de nuevas hojas metálicas que lo esperan. Cambia de rumbo y se encuentra con el mismo paisaje, miradas y metales y piensa entonces que no hay nada más que hacer: nada más que correr, saltar, esquivar y cortar pieles, ropas, ojos, pajas y madera. 

Comienza a tropezar y con esfuerzo logra mantener la carrera. Ahora siente el frío por todo el cuerpo, la camisa se vuelve pegajosa y teme mirar hacia abajo y tomar conciencia del desastre que ya comenzó. Grita con todas sus fuerzas y levanta la cabeza para ver el sol y sentir el viento, mientras se apoya en los cuerpos que lo rodean y que levantan sus manos y cuchillos. La sangre en la boca apaga sus gritos y antes de cerrar los ojos puede ver el camino que atraviesa el valle y que conduce a su casa. 



jueves, 3 de abril de 2014

Anti contrabando


Subo al taxi a las 9 de la mañana, una hora antes de que empiece el debate en Comisión Primera del Senado. Suficiente tiempo para llegar a la plaza de Bolívar, contando con el pesado e impredecible tráfico bogotano. Voy por la 30 a la altura del Campín cuando Arizmendi anuncia por el radio del taxi que el sindicato de la Dirección de impuestos bloquea en este momento la calle 26, colapsando el sistema de buses e impidiendo la llegada al aeropuerto. La razón de la movilización: protestas por los anuncios del Presidente Santos de llevar a la cárcel a funcionarios corruptos de la entidad, y de atacar el contrabando con un proyecto de ley que se discute en el Senado desde ayer.

A las 10 inicia la jornada y ya estoy en las barras. El senador Galán preside y lo acompañan el secretario de la Comisión, los senadores Gerlein, Sudarsky y Velasco. Comienza la sesión informal con el discurso del Presidente del Sindicato. Qué efectivos son los bloqueos a las vías. Cuestiona el impacto que tendrá el proyecto de ley en la reducción de empleos de las aduanas, al entregar mayores facultades a la Policía Fiscal. Continúa el representante de una federación multinacional de funcionarios aduaneros que refuerza el planteamiento del primer expositor. Galán llama al orden y se apaga el micrófono del invitado: terminados los diez minutos para su intervención. Ahora habla el representante del gremio del calzado quien expone el impacto del contrabando en su actividad. El Presidente visitó los comercios del barrio Restrepo y comprobó la difícil situación del sector por el asunto que da lugar al debate del proyecto de ley. Los senadores comentan la crítica situación de la industria; Gerlein apoya el proyecto pero se muestra escéptico respecto a su impacto. El director de la Policía Aduanera cierra la sesión informal y desmiente que el proyecto de ley reste facultades a la Dian.

Llegan los senadores Vélez, Corzo y Enríquez. Comienza la sesión formal. El director de la Dian hace una extensa y elocuente defensa del proyecto de ley. Se refiere al escepticismo del senador conservador con alguna referencia histórica a un torpe gobernante francés, culpable del bajo recaudo de impuestos de la época. No termina su intervención porque también se apaga su micrófono. Luego el Ministro de Agricultura se refiere al contrabando de alimentos y a la necesidad de acabar con este problema económico.

Los ponentes Enríquez y Velasco intervienen de manera contundente en defensa del proyecto. Hablan del impacto negativo del contrabando en distintos renglones de la economía y Galán orienta el debate luego de las intervenciones de Corzo y Vélez, a quienes preocupa respectivamente la crisis económica en el Norte del Santander que se agravaría con el proyecto de ley, y la llegada de café peruano al país: el proyecto de ley no está dirigido hacia los pequeños comerciantes en zonas de frontera, sino a las mafias que a través del contrabando lavan dineros del narcotráfico, concluye el presidente de la Comisión. 

Sudarsky defiende a la industria nacional y cuestiona la arrogancia y las palabras vacías de consultores y funcionarios de gobierno que hablan de mayor competitividad y productividad sin tener la menor idea de lo que están buscando. Los senadores plantearon sus puntos de vista y la mitad de ellos ya se retiró del recinto. No habrá votación hoy. Al inicio de la sesión se aprobó invitar a la Directora de Invima al debate. A diferencia del bloqueo de la 26 que terminó hace un par de horas, el proceso anti contrabando continúa.