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lunes, 19 de mayo de 2014

¡Fumadores del mundo, uníos!


Desde el punto de vista marxista, la historia de la humanidad corresponde a la relación entre opresores y oprimidos. Esto es la lucha de clases. En mi opinión, corresponde a la búsqueda constante de chivos expiatorios. Porque siempre entra en juego el malo del paseo, la oveja descarriada que corrompe y afecta el orden establecido, mientras que todos los demás son buenos, inocentes y piadosos, y la culpa de todo suceso desafortunado siempre recae en aquel bellaco, egoísta e irresponsable. Este es un hecho comprobado en los países católicos.

Mientras el mundo se pudre por cuenta de la contaminación que producen cohetes, aviones, automóviles, barcos, fábricas, mataderos, explotaciones mineras y petrolíferas, incendios forestales y actividades relacionadas con la fusión nuclear, sus dirigentes y algunos habitantes han convenido ligeramente en señalar al fumador como culpable de toda una serie de males de la cual no pretendo exonerarlo, pero sí llevarlo a sus justas proporciones.

Me pregunto si el humo que inhalo cada día que camino por las calles bogotanas, procedente de exostos de buses, camiones, autos, motos y bicicletas de motor -un invento proveniente del noveno círculo del infierno- es menos perjudicial que el humo de mi cigarrillo, que en comparación parece desprender un aroma propio de los frutos del bosque. Lo dudo. 

Me pregunto si la contaminación producida por la actividad de extracción de minerales o la de manufactura es de menor importancia, pues no genera tal rechazo como el que sufrimos los fumadores del mundo. El smog propio de las grandes urbes es un compañero más de la ciudad, al cual estamos habituados y ya no hacemos caso.

Pero claro, ahí está el individuo vicioso con un cigarro entre los dedos; aquel badulaque diferente y pernicioso que con sus malos hábitos genera mayores costos al sistema de salud -por regla general quebrado (saqueado) en el mundo entero- y pone en riesgo la vida de aquellos a su alrededor. Está bien, entiendo parte del punto. Hay riesgos al fumar, claro. Los hay también en muchas otras actividades y sustancias; así sucede con el trabajo, el pensamiento, la comida, el deporte, el alcohol, la lectura y lo que sea que pueda entrar en esta lista; pero el principio del mal radica en el exceso. Por otra parte, se requiere negociar los lugares y situaciones para fumar y para no hacerlo, como resultado de la interacción de individuos de un grupo. Pero en ningún caso es aceptable la prohibición y demás medidas orientadas en ese sentido.

En primer lugar está la libertad del fumador de hacer lo que le venga en gana. En segundo lugar viene el proceso de negociación. ¿Fumar en un bar? En la entrada se debería anunciar LUGAR DE FUMADORES, SI NO LE GUSTA BIEN PUEDA Y CHÚPESE EL DEDO, por ejemplo. Y con el mismo equilibrio argumentativo se podría mandar al infierno al fumador si el sitio así lo considera pertinente, aunque pienso que sería la decisión equivocada. Es absurdo que existan leyes, resoluciones y demás normas que prohíban y sancionen al fumador.

Ayer compré un paquete de cigarrillos en el cual se puede leer el texto FUMAR CAUSA ABORTO, junto a la foto de un feto mal dibujado ubicado en medio de una amorfa figura roja que representa la sangre. Los reguladores se están pasando de la raya.  ¿Qué pasó con el conciso mensaje de fumar mata, enferma o lo que sea? Algunos obsesos del control creen hacer del mundo un lugar mejor con palabras y figuras de ese estilo. El resultado es inocuo. El que quiere fumar fuma y punto. La muerte llegará de una forma u otra, mientras continúa el baile alrededor del volcán y hasta que llegue el momento final. Por lo demás, el aborto está lejos de ser una de mis preocupaciones diarias.

Como están las cosas, es cuestión de tiempo para que los fumadores terminemos en una prisión o en un manicomio. Las fuerzas antitabaco están organizadas y minuto a minuto logran arrinconarnos, mientras nosotros seguimos débiles y fragmentados. Es hora de revertir la tendencia y defender nuestra frágil posición, aunando esfuerzos a nivel mundial para consolidar la Primera Internacional Fumadora.

Los fumadores no tenemos por qué callar nuestras ideas e intenciones. El tiempo es corto y el enemigo hábil y agobiante. ¡Fumadores del mundo, uníos!


martes, 6 de mayo de 2014

El matarife


Me negué a visitarlo cada vez que hizo una nueva invitación para que fuera a su edificio. Ya había oído historias acerca de los invitados que entraban por el corredor de placas de baldosa blanca, curtidas por el barro y la sangre de los animales. 

Pero insistió tanto esa noche en la cafetería, que no tuve alternativa. Agotadas ya todas las excusas y con mi creatividad aplastada por la inminencia de las circunstancias, accedí a ir el viernes siguiente, cuando terminara el sacrificio y se dedicara a su excéntrico descanso, en ese horrible edificio apestoso que ocupa toda una manzana del centro de la ciudad, y cuyas habitaciones y comercios laterales arrienda a famas, cafeterías y estudios colectivos de artistas y artesanos.

Presionó con que tenía que conocer a un nuevo inquilino, que trabaja con barro y una sustancia de color morado que representa a la sangre en su obra, y que por el uso diario le ha dado ese mismo tono a su piel. Dijo que comenzaba a vender piezas a muy buen precio. Pude negar todas sus propuestas de negocios, consejos, fiestas, y trampas, pero me quedé sin palabras cuando habló del engendro violeta y me percaté de la ira que comenzaba a proyectarse en sus ojos grandes, brillantes y negros. Acepté entonces, en contra de mi voluntad, a ir el viernes en la noche. 

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A las nueve de la noche cerré la puerta de mi casa y crucé a la derecha para caminar las tres cuadras que me separan del edificio ineludible y fatal. En mi camino me acompañaron las voces, miradas y brindis de los vecinos. La efervescencia de la noche en proceso de alcanzar su punto máximo, cuando avanzaba por la última cuadra y todos podían ver hacia dónde me dirigía.

En la entrada principal, ese largo y solitario desfiladero, con sus placas de baldosa ahora recubiertas del líquido morado, y una puerta abierta a la izquierda, de la cual emana la sustancia. Asomé mi cabeza mientras mantenía el cuerpo contra la pared anterior a la puerta, y ví al artista en el suelo, en medio de un charco violeta, mientras gemía y abrazaba a una figura de barro, que moldeaba con sus manos y pies. Al fondo de la habitación, en una repisa vi figuras humanas en barro cuyo color era la mezcla del propio del material y de la sustancia favorita del autor. Vi brazos, torsos, rostros, cerebros y corazones, entre las piezas exhibidas.

El matarife me sorprendió por la espalda y entre carcajadas me invitó a continuar al interior del edificio. Veo que ya conociste a mi creador favorito, me dijo. Ya tendrás tiempo de sobra para él. Ahora vamos, vamos, que hay mucho por mostrarte. Le pregunté si nunca cerraba la puerta principal. No es necesario, respondió. Hay fuerzas que no puedes contener con el portón, pero eso no debería preocuparnos, al menos no por esta noche.

En el primer piso se encuentran las instalaciones de sacrificio y los cuartos fríos. El matarife señaló con su brazo derecho la ubicación de cada lugar y es en ese momento cuando pude ver las cicatrices de cuchillos en el antebrazo y justo abajo del pulgar. Al darse cuenta de lo que llama mi atención me dice que son cosas del oficio, y termina con una carcajada, de esas que sabe fingir con la potencia adecuada para aplastar cualquier manifestación de libre albedrío. Vamos al segundo piso, que no tenemos toda la noche.

Subimos las escaleras que comienzan al pasar una puerta siguiente a la del cuarto frío, y llegamos a las bodegas del edificio, compartidas para los negocios instalados  en el edificio, y separadas por divisiones y puertas de vidrio. Me gusta ver todo lo que sucede aquí, me dice luego de exhalar profundamente y con la mirada recorrer el lugar. Alguien tiene que poner orden y más importante que eso, debe ser la fuente del orden. Ahora extiende el brazo de las cicatrices ante mis ojos. Te voy a contar un secreto. Domina el arte de los cortes y el flujo de sustancias vitales, y siempre estarás protegido. Ahora continuemos a la última planta del edificio.

La oficina del matarife está en el tercer piso, en la cual exhibe cuchillos y navajas a lo largo de los cuatro niveles de estanterías que cubren la pared del fondo. En las laterales hay ventanas con vista hacia el patio interior de sacrificio y hacia la calle en el otro extremo. ¿Los oyes? ¿Sientes sus pasos?, me dice. Sumergido en la contemplación de la siniestra colección del matarife, pasé por alto la vibración del piso y un murmullo creciente que desde la calle se dirigía al edificio. El matarife suelta otra carcajada al ver la expresión de sorpresa y miedo en mi rostro, y me indica con el pulgar cortado la ventana exterior.

Vi a una horda de exaltados que entraba al edificio mientras se agitaban brazos y se oían gritos y consignas de muerte, revolución, justicia y poder del pueblo. Dando pasos hacia atrás volví hacia el interior hasta que tropecé con el matarife, que vuelve a reír y trata de calmarme. Tranquilo que esto pasa con alguna frecuencia. Ya te dije que no había nada de qué preocuparse esta noche. Vas a presenciar lo que sucede cuando el ciclo llega a su punto más alto, para luego retornar al estado inicial y cumplir la eterna condena de su repetición. 

El matarife tiene ahora un cuchillo en cada mano y se sienta en una de las dos sillas que ha puesto justo enfrente de la puerta abierta del tercer piso. Siéntate y contempla, me dice. Estás a salvo. Todos estos idiotas creen que tienen el poder para alcanzar algo. Creen que pueden cambiar sus vidas y vamos a seguir su juego. Creen que con aumentar sus riquezas van a lograr algo diferente. 

Si me lo preguntas, lo único que van a alcanzar es la consagración del rito de la violencia, para luego continuar con sus miserables existencias. Ahora están destrozando el cuarto del artista, se llevarán sus obras de sangre violeta, y harán pedazos al autor. Si eso no es suficiente, llegarán al segundo nivel para saquear las existencias de alimentos y bebidas. 

Ya lo he visto antes. No entrarán aquí porque no sabrían qué hacer. Solo dejo que la fuerza avance y espero, sentado contigo, mientras río a causa del principio básico de los acontecimientos y la levedad de sus actos. Por años he esperado su llegada y seguiré haciéndolo. Es el ritual y todos hacemos parte de él. Estás en el lugar adecuado y no debes preocuparte por salir de aquí.

En ese momento los gritos, pasos y golpes de cuchillos se sienten en el segundo piso, en medio de saqueos y combates, entre risas y lamentos de individuos gloriosos y sacrificados. Sentado junto al matarife oigo la respiración de los pocos rebeldes que suben al tercer piso. Desde la penumbra observan el cuarto de los cuchillos y puedo ver sus ojos y cuchillos brillar en la oscuridad. Recorren la habitación con la mirada, sus rostros se iluminan por momentos y muestran ira y ansiedad. También reflejan temor y la voluntad que se doblega. Retroceden poco a poco, para volver a formar parte de la fuerza que por ahora ocupa los pisos bajos del matadero. Primero desaparecen sus rostros, luego el brillo de los metales afilados y por último sus ojos grandes y blancos, que se diluyen en el negro corredor de acceso a la tercera planta.

Ya lo ves, me dice el matarife mientras se para de su silla, camina unos pasos y da la vuelta para quedar en frente mío. Te dije que no llegarían hasta aquí. Son incapaces de enfrentar su destino. Es lo que me hace diferente a ellos. Y también a ti, pues estás aquí aun cuando habrías preferido quedarte en casa. Ahora tenemos que ocuparnos de la fuente del orden. Ven aquí.

El matarife extendió sus brazos hacia mí con la intención de abrazarme, pero no conseguí ponerme de pie ni mucho menos hacerle caso a su absurda propuesta. Con los cuchillos aun  entre manos me señaló amenazando con cortes en el aire. Ven aquí, no quiero repetirlo de nuevo, me dice. Temblando dejo mi silla y me dirijo hacia él sin perder de vista los cuchillos aun en movimiento. Oigo de nuevo las voces de los rebeldes en el segundo piso y luego en mi cabeza se hace el silencio, cuando el matarife me detiene cruzando los cuchillos, solo a dos pasos de distancia del lugar que ocupa. Ahí estás bien, dice. Ya conoces las fuerzas que habitan y las que tratan de ocupar este lugar. Ya conoces el ciclo, sus movimientos y repeticiones. Ya terminé con mi condena y aquí comienza tu camino. El matarife dirige el cuchillo de la mano derecha a la altura del pescuezo y con calma hace un corte a lo largo de su garganta, mientras cierra los ojos y una sonrisa se dibuja en su rostro.

El matarife cayó al suelo y se dibujó un óvalo de sangre que crece y llega hasta mis pies. La sonrisa desapareció de su rostro y sus ojos fijos en una mirada inerte. Mi cuerpo está cubierto de manchas rojas y siento la cara húmeda. Recogí los cuchillos del matarife y sentí subir de nuevo las voces al tercer piso. 

Volví a mi silla y me senté con los cuchillos ensangrentados y esperé a que surgieran los primeros ojos y brillos de la oscuridad del corredor. Ahora se trata de luchar por mi vida y defender el lugar que ocupo. Ellos llegan a mi piso y sus ojos aparecen en la penumbra mientras los metales chocan y producen un agudo sonido que termina y no volverá a ser oído por nadie. 

Sus miradas se dirigen al cuerpo del matarife paro luego recorrer mi cuerpo ensangrentado y los cuchillos en mis manos, y vuelven luego al matarife y de nuevo a mí para continuar así con el ciclo, las suficientes veces necesarias para entender lo que ha sucedido. Al final sus miradas evitan las mías y sus pasos retroceden por el corredor en silencio, para desaparecer del todo. Al menos por esta noche.

miércoles, 23 de abril de 2014

Una tarde de verano


La interminable luz del día.
El vapor en el horizonte y el cielo azul.
Las ventanas abiertas y la brisa del Mediterráneo que llega fría por la altura del edificio.
Las ramas de los árboles y sus flores amarillas que se pueden tocar con las yemas de los dedos.
Conocidos y desconocidos que hablan, ríen y beben.
Una mujer fuma su cigarrillo en la ventana de la sala mientras sigue el ritmo de la música con un divertido y casi invisible movimiento de cabeza.
Canciones de rock n´roll y country en su playlist.
Su pelo largo, liso y negro.
Su piel blanca y delicada.
Sus ojos buscan los míos mientras juega con su falda blanca y de flores rojas.
El momento y el olvido de las horas.


lunes, 21 de abril de 2014

Hogar ocupado


Puedo oír mis pasos rebotar entre las paredes de los edificios en la calle desierta y oscura. Había luz cuando comencé el recorrido pero la noche llegó y los otros caminantes llegaron a su destino antes que yo lo hiciera. La soledad implica la supresión de sonidos y la mayor atención al detalle de los propios. 

El edificio es nuevo y brillante como el mármol negro de su fachada, pisos y paredes. Ella me está esperando en la recepción para llevarme a conocer el apartamento que me tiene reservado. El brillo de las luces superiores en el mármol me hace olvidar qué hora es y cuando levanto la mirada hacia las ventanas, me sorprende encontrar la noche.

Subimos al ascensor y nos detenemos en uno de los últimos pisos, para caminar por el corredor a la derecha que conduce al apartamento. Cuando ella abre la puerta vuelvo a perder la noción del tiempo, pues las luces se dirigen directo a mis ojos. Pero esta vez las luces provienen del edificio del otro lado de la calle; entran al apartamento a través de las ventanas que van del piso al techo en la zona de la sala y el comedor. También veo la sombra debajo de las escaleras que llevan al altillo.

Damos una vuelta por el lugar, sus habitaciones, la cocina y por último subimos al altillo. Las luces del apartamento continúan apagadas, la luz del exterior es débil pero suficiente. No pensamos siquiera en que se necesite más iluminación. Cuando bajamos las escaleras oímos voces bajo nuestros pies. Tres personas sentadas susurran algo mientras una de ellas enciende un cigarrillo.

Corremos hacia la zona de las habitaciones y encontramos que ahora están ocupadas por más personas oscuras, que apenas se diferencian de una sombra, hablando de forma casi imperceptible y clavando sus miradas en nosotros. Luego sucede lo mismo con los demás espacios del apartamento. Cocina, comedor y lobby de entrada, están ocupados por estos personajes sombríos que no quieren compartir su conversación con nosotros. 

Le digo a ella que tengo que irme y que no parece ser el momento adecuado para hablar de negocios. Ella insiste en la puerta de entrada pero yo me adelanté al pasillo y ya voy camino al ascensor. Ella grita una cifra en dólares y yo le respondo que no me interesa el número, ni nada relacionado con él, y que debo irme pronto. Puedo ver las sombras detrás de ella, sus ojos y el fuego de un cigarrillo.


domingo, 20 de abril de 2014

Hacia las montañas


La carretera recta e interminable hacia las montañas y nevados. Pasamos horas en el carro, bordeando el mar por la autopista y rumbo al norte. La gente afuera varía de acuerdo al trayecto recorrido. Los primeros vistos son los menos abrigados, y los últimos los más preparados para el invierno. Tienen en común la vida campestre, despreocupada y sin afanes.

Cuando llegamos a la primera montaña paramos en una estación de servicio. En lo que queda de ella. No hay nadie atendiendo. Solo una cámara de seguridad encima de la caja registradora y enfocada hacia la puerta de entrada. La nevera está casi vacía y solo quedan un par de botellas de agua. La estantería de los fritos en igual estado, y salta a la vista un viejo paquete de plátanos.

Una voz desde el fondo de la tienda avisa que nos atenderá y que nos vió llegar a través de la cámara de video, pero que estaba ocupada en ese momento. Cuando llega al mostrador, la voz es la de una mujer morena que nos saluda amablemente. Conversamos sobre la carretera, el viaje y el destino final en las montañas. Nos advierte de los peligros de la zona, ahora abandonada por la mayoría de sus antiguos habitantes, y el clima mortal para los que no están preparados a estas condiciones. 

Al detallarla con detenimiento, veo que la cara de la mujer tiene un tono lechoso por efecto de la ampolla que le cubre gran parte del rostro. Parece recuperarse de una quemadura grave, y en la frente justo arriba de la nariz, la ampolla deja un hueco en la piel que permite surgir a su natural color oscuro. Sus dientes emiten un sonido de mordida mientras permanece callada y nos escucha; se mueven en sentido contrario, los dientes superiores a la derecha y los inferiores a la izquierda, desfigurando su expresión. En cambio, sus grandes ojos negros permanecen atentos a nosotros, firmes y serenos.

Nos despedimos y salimos del lugar sin comprar nada. Subimos al carro para continuar el recorrido, por el camino desolado que sube la montaña y que deja ver en el horizonte las primeras formas cercanas de nieve, que parecieran poderse tocar, a diferencia de la primera vista de blancas cumbres lejanas, en las etapas iniciales del recorrido, cuando aun bordeábamos la playa.


sábado, 19 de abril de 2014

El siguiente momento


Termina la sesión y ya casi es mediodía. Se para y mira hacia abajo para comprobar que la corbata sigue en su sitio y no adelante, quedando torcida o al revés por el movimiento del cuerpo o encima del saco del vestido. Levanta la mirada y observa el mismo estilo de traje en cada uno de los asistentes, la mayoría aun sentados, organizando sus papeles y computadores antes de retirarse de la sala. Paño azul, camisas blancas y corbatas negras. Los mira a los ojos y asiente en señal de despedida. El acuerdo está listo.

Cuando sale del salón se encuentra en el pasillo con sus subalternos, que se adelantaron unos minutos sin que él se diera cuenta, pues no se sentaban en la mesa sino detrás suyo, en las barras y junto con el grupo de asistentes y asesores de los demás participantes. No le gusta esto y les lanza una mirada aguda, pero ellos evitan su mirada y continúan hablando con quienes harán parte de la siguiente etapa del proceso. Chismes de corredor y la oportunidad de ser los primeros en dar la noticia de lo pactado. Es lo que siempre buscan los segundos, y lo encuentra natural y desagradable. 

Es el primero en llegar a su oficina y da vueltas por la sala de juntas. Ya es hora del almuerzo y no tiene hambre. Piensa en las galletas con relleno de crema que comió en la reunión y es aquí cuando se da cuenta que su boca se ha quedado sin saliva. Toma un vaso de agua y sale a comer. No tiene interés en la comida, pero sí en caminar hasta el restaurante. El sol ilumina la ciudad desde primera hora de la mañana, arriba del cielo despejado y claro. El viento frío y fresco viene en sentido contrario, entra a través del vestido y hace que la corbata salte de su lugar, para por un momento acomodarse en el hombro izquierdo.


lunes, 14 de abril de 2014

John Grady Cole

Una canción para el vaquero errante.



Temores y castigos


1.

Los miércoles a las cinco de la tarde comienza la serie que espera con fervor durante toda la semana. Un capítulo semanal sobre la vida de los integrantes de un equipo de fútbol, sus novias, seguidores y los conflictos con sus padres: es la ilusión que lo mantiene expectante y ansioso por conocer los resultados del capítulo de la semana, y luego del siguiente y del siguiente a ese. En la cabeza del niño, la historia del capítulo recién visto se multiplica, creando espacio a situaciones que él considera pertinentes pero que el capítulo no ha mostrado; momentos íntimos que según él definirán la esencia de los personajes. Así pasa su tiempo, entre la realidad del capítulo del miércoles en la tarde y la ficción complementaria durante la semana siguiente.

El miércoles siguiente el televisor está encendido desde antes de la hora de su serie y muestra algún programa diferente. Pide que se cambie el canal y la respuesta es no. Por más que repite su pedido la respuesta continua en el mismo sentido, con mayor intensidad, autoridad y rabia. No queda nada más que hacer que llorar. No solo va a perder el capítulo semanal, sino la posibilidad de comprobar sus ficciones de la última semana y componer las de la siguiente. Se siente miserable, va a su cuarto y al poco tiempo se queda dormido.

Al día siguiente el silencio es la constante. El desayuno está en la mesa pero no le habla nadie. Lo acompañan al colegio sin ningún tipo de conversación. En la noche durante el noticiero tampoco. Así continúa la situación por tres días hasta que al fin cree haber hecho algo malo. Al final, los resultados de un partido de fútbol en los titulares del noticiero de la noche son el pretexto con el cual pudo volver a tener una respuesta: mira al niño y asiente con un seco mugido. No volvió a ver la serie de los miércoles pues ya no la entendía y en adelante temió volver a encontrar el televisor ocupado.


2.

Las malas notas en matemáticas del segundo trimestre lo hacen merecedor del castigo por el cual la consola de videojuegos queda decomisada durante todas las vacaciones de mitad de año. Fue comprado con sus ahorros y el aporte mayoritario de una tía que viajó a San Andrés. Los videojuegos, reproductores de música y el rock n roll son mal vistos por la autoridad, así que la ayuda de parientes es requerida para adoptar los cambios de los tiempos modernos, que encuentran resistencia en la estructura de poder familiar.

Menos mal la jornada de trabajo deja suficiente tiempo al niño para encontrar el lugar donde se esconde el aparato, sacarlo, jugar y devolverlo a su sitio antes de que lo descubran. También recibe apoyo clandestino para ello. Semanas después se retira el castigo y puede volver a jugar con normalidad, hasta que al poco tiempo sale un ligero humo blanco del aparato, y luego de posteriores fallidos mantenimientos llega a su fin.


3.

Correr aprovechando la ventaja del cuerpo pequeño, inquieto y joven, frente al grande y atrofiado del adulto. La mesa redonda del comedor es el punto ideal donde nunca podrá alcanzarlo, con las escaleras justo al lado, lo cual le da la ventaja de pasar de la carrera en círculos a la de los saltos de dos a tres escalones, que el mayor no podrá seguir. 

Para este momento ya hay un cinturón fuera del pantalón y tiene que llegar a su cuarto en el segundo piso y cerrar la puerta con seguro. Pasará un buen rato ahí y nadie abrirá la puerta, porque días antes quitó la suya del llavero que guardan en el armario junto al tarro de los dulces de frutas. 


viernes, 11 de abril de 2014

La carrera


Cuando vuelve a su barrio es de noche y pocas luces permenecen encendidas. Varios faroles están apagados y puede ver la luz de la ventana de su casa, aun cuando todavía queda un largo camino por recorrer en línea recta, cruzando ese valle poblado por casas blancas con techos de paja. Las calles están vacías, la noche es oscura y la luz en su casa significa que ella aún lo espera.

Abre la puerta de la casa y la ve sentada en el sofá pero lista para irse a la cama, sin pantalones y con una delgada camisa blanca. Había olvidado cómo le gusta ver su pelo negro y liso y recogido que cae sobre su blanco y pequeño hombro derecho, para más abajo confundirse en el interior de la camisa. Ella lo mira a los ojos, se agacha para recoger su pantalón dejando ver el tatuaje que cubre la mayor parte de su espalda y comienza a llorar. No deja que él la consuele y rechaza el brazo que pasa encima de su hombro y de su pelo largo y recogido. Sin embargo los dos saben muy bien que de un modo u otro irán a la cama, luego ella volverá a llorar, él continuará con su oficio y ella se quedará sola.

Es el primero en despertar cuando apenas sale el sol. Se pone la ropa y revisa que su cuchillo siga en el bolsillo delantero del pantalón y dentro de su funda. Sale de la casa antes que ella despierte y se encuentra con el mismo valle de casas blancas con techos de paja, pero ahora poblado de ojos. Ojos hambrientos que lo siguen desde cada rincón oscuro y lo invitan a desenfundar el cuchillo para demostrarles quién domina el lugar, quién no tiene miedo a la muerte y a quién no alcanzarán cuando comience la carrera por las estrechas calles del sector comercial, al final del valle y donde se alza la montaña. Ese lugar en donde la pendiente del camino se encuentra con los techos de las casas e invita a saltar y a correr por las estructuras superiores. Ese lugar donde el pueblo viejo, sórdido y vicioso revive ante la oportunidad de cobrar la vida de uno de los suyos.

Los ojos hambrientos se acompañan ahora de manos y cuchillos y lo persiguen, pero aún no llevan su ritmo. Ya sube por la montaña cuando los primeros atacantes saltan hacia él empuñando sus armas y logrando hacerle rasgaduras en el pantalón y la chaqueta, pequeños incentivos que multiplican su ira y deseos de lucha contra esa fuerza lúgubre y colectiva de la cual también hace parte. Salta al primer techo y siente el frío viento en su cara así como el primer corte profundo en la pierna, que lo obliga a improvisar cambiando su rumbo hacia el techo de la izquierda. Continúa en esa dirección y ve cómo de los techos surgen escaleras de madera que se apoyan en las estructuras de madera de las casas para dejar ver nuevos ojos hambrientos y el brillo de nuevas hojas metálicas que lo esperan. Cambia de rumbo y se encuentra con el mismo paisaje, miradas y metales y piensa entonces que no hay nada más que hacer: nada más que correr, saltar, esquivar y cortar pieles, ropas, ojos, pajas y madera. 

Comienza a tropezar y con esfuerzo logra mantener la carrera. Ahora siente el frío por todo el cuerpo, la camisa se vuelve pegajosa y teme mirar hacia abajo y tomar conciencia del desastre que ya comenzó. Grita con todas sus fuerzas y levanta la cabeza para ver el sol y sentir el viento, mientras se apoya en los cuerpos que lo rodean y que levantan sus manos y cuchillos. La sangre en la boca apaga sus gritos y antes de cerrar los ojos puede ver el camino que atraviesa el valle y que conduce a su casa. 



jueves, 3 de abril de 2014

Anti contrabando


Subo al taxi a las 9 de la mañana, una hora antes de que empiece el debate en Comisión Primera del Senado. Suficiente tiempo para llegar a la plaza de Bolívar, contando con el pesado e impredecible tráfico bogotano. Voy por la 30 a la altura del Campín cuando Arizmendi anuncia por el radio del taxi que el sindicato de la Dirección de impuestos bloquea en este momento la calle 26, colapsando el sistema de buses e impidiendo la llegada al aeropuerto. La razón de la movilización: protestas por los anuncios del Presidente Santos de llevar a la cárcel a funcionarios corruptos de la entidad, y de atacar el contrabando con un proyecto de ley que se discute en el Senado desde ayer.

A las 10 inicia la jornada y ya estoy en las barras. El senador Galán preside y lo acompañan el secretario de la Comisión, los senadores Gerlein, Sudarsky y Velasco. Comienza la sesión informal con el discurso del Presidente del Sindicato. Qué efectivos son los bloqueos a las vías. Cuestiona el impacto que tendrá el proyecto de ley en la reducción de empleos de las aduanas, al entregar mayores facultades a la Policía Fiscal. Continúa el representante de una federación multinacional de funcionarios aduaneros que refuerza el planteamiento del primer expositor. Galán llama al orden y se apaga el micrófono del invitado: terminados los diez minutos para su intervención. Ahora habla el representante del gremio del calzado quien expone el impacto del contrabando en su actividad. El Presidente visitó los comercios del barrio Restrepo y comprobó la difícil situación del sector por el asunto que da lugar al debate del proyecto de ley. Los senadores comentan la crítica situación de la industria; Gerlein apoya el proyecto pero se muestra escéptico respecto a su impacto. El director de la Policía Aduanera cierra la sesión informal y desmiente que el proyecto de ley reste facultades a la Dian.

Llegan los senadores Vélez, Corzo y Enríquez. Comienza la sesión formal. El director de la Dian hace una extensa y elocuente defensa del proyecto de ley. Se refiere al escepticismo del senador conservador con alguna referencia histórica a un torpe gobernante francés, culpable del bajo recaudo de impuestos de la época. No termina su intervención porque también se apaga su micrófono. Luego el Ministro de Agricultura se refiere al contrabando de alimentos y a la necesidad de acabar con este problema económico.

Los ponentes Enríquez y Velasco intervienen de manera contundente en defensa del proyecto. Hablan del impacto negativo del contrabando en distintos renglones de la economía y Galán orienta el debate luego de las intervenciones de Corzo y Vélez, a quienes preocupa respectivamente la crisis económica en el Norte del Santander que se agravaría con el proyecto de ley, y la llegada de café peruano al país: el proyecto de ley no está dirigido hacia los pequeños comerciantes en zonas de frontera, sino a las mafias que a través del contrabando lavan dineros del narcotráfico, concluye el presidente de la Comisión. 

Sudarsky defiende a la industria nacional y cuestiona la arrogancia y las palabras vacías de consultores y funcionarios de gobierno que hablan de mayor competitividad y productividad sin tener la menor idea de lo que están buscando. Los senadores plantearon sus puntos de vista y la mitad de ellos ya se retiró del recinto. No habrá votación hoy. Al inicio de la sesión se aprobó invitar a la Directora de Invima al debate. A diferencia del bloqueo de la 26 que terminó hace un par de horas, el proceso anti contrabando continúa. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Antes del primer café


1.

Un viaje en taxi. Voy en el asiento del copiloto, cosa inusual en mis movimientos dentro de la ciudad, pero costumbre cuando salgo de ella. Creo que lo hago para aprovechar mejor el paisaje desconocido y hablar con mayor cercanía al conductor. Lo inusual es que este viaje es en mi ciudad. Vamos al norte por la carrera séptima, llegamos a la esquina de Paseo Real y cruzamos a la derecha, hacia oriente. La calle es estrecha como siempre lo ha sido, pero al llegar a la altura del cementerio se convierte en una amplia autopista de doble vía y dos o tres carriles, no recuerdo el número exacto, en cada sentido. Es entonces cuando el taxista rompe su silencio y me explica cómo avanzan de rápido las obras viales en la ciudad. Se lo ve muy orgulloso y lo observo con detenimiento mientras me explica que subiremos hasta la cima para luego descender al otro lado de los cerros orientales. La idea me emociona y me separo del espaldar de la silla, con mi cabeza tocando el vidrio delantero. Ansioso y feliz.

La vía es perfecta. Hay poco tráfico y rápidamente llegamos a la cima. Para mi sorpresa, el descenso consiste en una empinada ruta, tan brusca que me hace pensar que en cualquier momento el taxi dará botes hacia delante por efecto de la gravedad. Recuerdo las "faldas" manizalitas y me hundo en la silla con tal expresión de susto que el taxista voltea a mirarme, ríe y me asegura que todo estará bien. Es aquí cuando recuerdo que conozco al taxista de otro lugar: Pasto. Pero ¿qué hace aquí? Se lo pregunto y responde que vino por su esposa. De hecho vamos camino a recogerla: señala hacia delante y me dice que allí se encuentra ella.

Una vez terminado el descenso al otro lado de los cerros, hay una planicie ocupada por una desconocida urbe para mí. Extensa hasta donde alcanzo a ver y constituida en su mayor parte por casas de dos pisos, algunas de uno solo, paisaje que se repite de manera uniforme y solo interrumpido en contadas ocasiones por las torres y campanarios de algunas iglesias. Hay un color predominante en el cielo y las paredes, el gris, y una forma continua, el rectángulo, en las residencias y comercios. Así llegamos a la ciudad desconocida, en búsqueda de la mujer de mi taxista.


2.

Había estado antes en esta casa. La recuerdo por su largo corredor desde la puerta de entrada hasta el espacio central, usado como biblioteca y sala de televisión. Un antiguo y enorme árbol se encuentra en medio del lugar desde antes que la casa existiera, así que esta parte de la casa tiene un agujero en el techo que permite a las ramas crecer y salir de las cuatro paredes alrededor. Era fácil trepar por el árbol hasta alcanzar el espacio abierto y luego pasar al techo más cercano, para luego sentado o acostado disfrutar del paisaje: campos verdes que se extendían hasta donde se podía ver y algunas pocas casas en las proximidades.

Ya no es el mismo lugar. Los antiguos habitantes se han marchado y solo queda ella, quien me recibe a la entrada y me acompaña en el recorrido por el corredor, que conserva el piso de mármol intacto, pero ahora rodeado por desperdicios de construcción: tablas, rollos de papel, barriles y pedazos de metal. El árbol sigue en su sitio pero no la biblioteca y en su lugar están ahí más desperdicios. 

Ella me muestra los baños cuyos inodoros sirven de bases para acumular más tablas de madera. Comienzo a molestarme por el abandono del lugar, cuando ella me dirige al lugar donde se encuentra el jacuzzi, humeante y listo para usar. Nos desvestimos y entramos al agua. Trato de olvidar el lugar y mis recuerdos sobré él, pero en mi memoria no queda nada más que el corredor de mármol, el salón del árbol y ella.   


3.

La primera vez que estuve en el mirador de la montaña hacía frío y pensé que iba a llover. Era un lunes en la mañana y la gente se agrupaba con libros entre manos, descansando contra la pared del mirador y con sus ojos fijos en la sabana que desciende hacia occidente, poblada por miles de casas coloniales blancas de paredes, verdes en ventanas y terminadas en tejas de arcilla. Nubes grises en el cielo, amenaza de lluvia constante pero pocas veces efectiva. Soledad compartida por miembros de un grupo que apenas comienza a gestarse.

La segunda vez que llegué fue al final de una tarde de sol. Poca gente estaba por ahí y la construcción nueva era notable: edificios, locales y comidas. Cajas registradoras, corredores limpios y brillantes y desconocidos para mí. La pared del mirador eliminada y ahora da paso a una serie de escaleras que permiten bajar por la montaña hacia occidente. Las casas coloniales ya no son la constante del paisaje; lo es el color rojo del atardecer y los ladrillos en edificios y escaleras.

Para la tercera visita al mirador es de noche y ya quedaba poco de su inicio. Un elegante y rústico restaurante ocupa todo el lugar, con una sección interior donde se encuentra ocupada una sola mesa, y una terraza donde antes se agrupaba la gente con sus libros a observar la sabana. Es aquí donde me siento en una mesa alumbrada por candelabros. Borracho y acompañado de otros borrachos. Pedimos algo de tomar y observamos la sabana, ahora verde y despoblada. Es un bosque hermoso y oscuro. Llueve y los árboles parecen bailar por el movimiento que el agua y el viento traen a las copas. 

Los ocupantes de la mesa interior salen: niñas en uniforme de colegio, muchas niñas acompañadas de una pareja mayor. Ellas nos ven, ríen y luego corren hacia la montaña. Bajan por unas escaleras hasta el nivel de la tierra y suben hacia oriente. Van hacia el manantial en la montaña; aquel que surge de una tierra firme y empinada, donde los árboles son altos y anteriores a todas las formas de este lugar recurrente.