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sábado, 22 de junio de 2013

El gran jefe

Era el presidente de la empresa. Con una importante carrera política que lo llevó a ser senador por varios períodos, ministro de distintas carteras e incluso Presidente de la República por encargo, en una ausencia temporal de quien había sido elegido por voto popular. Al final de sus años y ya retirado de la vida pública, se había dedicado a dirigir la empresa, con importantes logros en sus primeros años, para luego dar paso al cansancio y desinterés por la labor. Algo normal en alguien que llega al final de sus días gloriosos y encuentra predecibles e irritables los primarios asuntos de los negocios, ganancias, márgenes y competencias.

Su desprecio por lo que sucedía en el entorno de la empresa iba de la mano de su mal carácter. Era muy amable y cortés al llegar a una reunión y saludar a los presentes, aun con esa autoridad que emana de quien ha ocupado altos cargos de gobierno. Pero si algo o alguien interrumpía el lenguaje diplomático que él había iniciado, las cosas cambiaban por completo y era normal oír sus gritos que recordaban sus épocas de senador. En ese momento nadie podría haberlo enfrentado, a menos que se arriesgara sin chance de éxito a una paliza verbal.

En la empresa siempre llegaba tarde a las reuniones, entre media y una hora después de haber comenzado, incluso cuando los principales clientes estaban presentes. La gente importante llega tarde y se va temprano, pero todo depende de la calidad de la audiencia y si está dispuesta a esperar.  Se sentaba luego de saludar a los presentes y me preguntaba al oído, aunque no habría sido necesario por el alto volumen de sus palabras, tanto que todos los presentes lo podían oír:  

- ¿Quién es el señor sentado a su izquierda, doctor Martínez? 
- Es el doctor Méndez, representante de oriente.
- Ah, no lo conocía - mientras tanto se paraba a comer una de las empanadas servidas en el centro de mesa, frente a las miradas de sorpresa de los presentes. Acto seguido se sentaba en su silla y luego de unos minutos comenzaba a cabecear. El sueño lo vencía hasta que algo lo hacía volver y generalmente era la cólera.

Su mal carácter tenía detonantes específicos. Uno de ellos era Laura Medina, quien trabajaba para una empresa de la competencia. Era una mujer desagradable, grosera y manipuladora. Fumaba en toda situación, incluso la vi encender sus Marlboro rojos en la sala de un Ministerio, en la época en que aun no se perseguía a los fumadores, pero que ya se cumplían ciertas normas de protocolo al respecto.

Al oír que alguien mencionó su nombre, él despertó diciendo:

- ¿Laura Medina? ¡Esa es una vieja hija de puta! ¡No la soporto! - Las risas de todos los presentes surgían en momentos como este y la reunión se hacía por primera vez entretenida en toda la jornada. Y continuaba:

- Cuando hablamos de la problemática del sector, ella tiene nombre propio y ese nombre es Laura Medina. ¡Cómo odio a esa vieja hija de puta! - Las risas continuaban y luego se cambiaba de tema y el gran jefe volvía a ceder al sueño.

Conmigo siempre fue un tipo respetuoso y consultaba mi opinión sobre temas puntuales para él construir su visión general, la cual nunca perdió. Tampoco su capacidad negociadora innata del político. En momentos de tensión y dificultades lo vi lograr acuerdos reuniendo a las partes en conflicto en un pasillo y conciliando sus posiciones. Entendí su desprecio por los asuntos diarios del negocio y su talento natural para resolver los asuntos de mayor trascendencia.


Cuando me retiré de la empresa me invitó a almorzar al Metropolitan, tomamos un par de tragos de whisky y me agradeció por mi trabajo. Hablamos unos minutos más hasta que el sueño volvió a ganarle la batalla. Le dije que me harían falta las discusiones con Laura Medina y volvió a la conversación en el acto, y nos reímos sobre la pesada vieja hija de puta.  


jueves, 6 de junio de 2013

Nos vemos en Auckland

Alisto maletas con lo necesario para pasar una semana en Nueva Zelanda: ropa para el inicio de invierno, libretas de notas, esferos y un paquete pequeño de tarjetas de presentación. Y es pequeño a propósito, por lo que sucedió en el viaje a Belo Horizonte hace un par de años.

Esa vez viajaba a un congreso en la capital de Minas Gerais. Una parte de mi trabajo consistía en hacerle publicidad a mi Congreso en Bogotá, que preparaba para cuatro meses después del viaje. El vuelo hacia Sao Paulo estaba programado en la noche, para luego tomar un vuelo doméstico a Belo Horizonte. Entré a la sala de espera y me encontré a un viejo amigo y profesor de la Nacional que viajaba al Congreso como conferencista. Cada vez que nos encontramos tenemos entretenidas conversaciones.

Ya era medianoche y nuestro vuelo se había retrasado cuando una azafata extranjera tomó el micrófono y en un mal español llamó a algún pasajero al mostrador.  No le puse atención. A los treinta minutos volvió a llamar al pasajero y nadie se presentó. Pasaron unos minutos más cuando llegó un oficial de policía a la sala y comenzó el abordaje al avión. Hicimos la fila y cuando presenté mi tiquete a la azafata me dijo: “señor Martinez, Jorge –realmente sonaba algo así como Marchines Chorlle– lo estamos llamando para solucionar un problema con su equipaje”.

Ya no había tiempo para ir a esos cuartos de requisa que se ven en las películas, así que todo el asunto sucedió en una esquina del pasillo que desciende a la pista del aeropuerto. El policía me preguntaba todo lo que se le pasaba por la cabeza: nombre, nacionalidad, trabajo, destino del viaje, contenido de mi equipaje. La gente que bajaba me miraba con cara de repudio. Mi amigo pasó y me dijo “Nos vemos en Belo Horizonte”, entre risas al verme en mi incómoda situación.

El policía me dijo que la demora en el vuelo era por mi maleta. Después de sacar camisas, calzoncillos, medias y productos de aseo, caí en cuenta del problema. Le dije al policía que sabía cuál era la causa de su sospecha. En el fondo de la maleta tenía un paquete con mil volantes publicitarios de mi Congreso. A los ojos del policía, se trataba de un fajo de billetes o de un ladrillo de cocaína. Cuando saqué el paquete y lo abrí el tipo hizo gesto de rabia por perder su tiempo y me dijo que siguiera.

Son las cosas que pasan cuando los controles a los pasajeros llegan al punto del absurdo y antes de viajar hay que pensar en qué harían el traficante, el delincuente o el terrorista, para no ser un sospechoso. Dejar la chaqueta, quitarse el cinturón, mostrar el portátil a un securata, no llevar armas, ni objetos contundentes –esto lo entiendo– productos líquidos en presentaciones mayores a 100 ml, etc. 

Es el discurso de la seguridad: ideal, aparatoso y costoso. Cuando la incertidumbre es la regla. Por ahora espero no haya más requisas ni volver a oír a alguien en el pasillo diciendo “nos vemos en Auckland”.

martes, 28 de mayo de 2013

De juerga en los congresos



Fue hace cinco años. Tenía a mi cargo la organización de un congreso. Conseguir patrocinadores, vender inscripciones y buscar conferencistas. Esta última parte era la que más me preocupaba pues es la que garantiza el éxito del asunto. No se puede poner a hablar frente a un auditorio de doscientas personas educadas a cualquier mequetrefe. Y en este país que menosprecia lo propio, los ponentes extranjeros son la fórmula ganadora.

El programa estaba bastante bien. Ponentes de Estados Unidos, México, Uruguay, España, Brasil. Invitamos también a un conferencista venezolano, amigo y conocido de uno de mis jefes. Confirmó su participación y me encargué de todos los preparativos para su llegada a Bogotá. Dos días antes del congreso recibí el correo de un exministro de ese país, en el que me reprochaba que no lo hubiéramos invitado al congreso como conferencista y sí a su paisano. Revisamos el asunto y decidimos traerlo también como invitado. La diplomacia primero.


La conferencia del personaje quedó en la agenda del segundo día, pero su llegada a Bogotá temprano el anterior. No lo vimos durante toda la primera jornada, tampoco en el cocktail  de la noche. Sin embargo aparecía registrado en el hotel luego de la llegada del vuelo que reservamos, todo dentro de los horarios previstos.


Llegó la hora de su conferencia. El tipo entró al salón a tiempo, tomó el micrófono y en menos de diez minutos se presentó, dijo que había sido ministro y ahora trabajaba en el sector privado, que había escrito un largo libro sobre el tema de su ponencia y que podíamos descargarlo de una página web. Acto seguido se despidió y se largó.


El siguiente conferencista era el venezolano conocido de mi jefe. Él se excusó por el comportamiento del anterior y durante un poco más de una hora hizo una charla interesante y divertida, con el buen humor que tienen los venezolanos y la empatía necesaria para cautivar la atención del auditorio y dejar atrás el incidente del extraño personaje.


Salí al lobby del hotel a buscar al siguiente conferencista, que venía en un taxi desde el centro de la ciudad. Mientras esperaba se abrieron las puertas del ascensor y vi salir al ex ministro abrazando a dos mujeres jóvenes, altas, de falta corta y que por la edad podían ser sus hijas. Un taxi los esperaba y los tres se sentaron en el asiento trasero. No volví a verlo jamás.


Un par de años después me encontré con un amigo argentino. Almorzábamos cuando le conté la historia del ex ministro de juerga en mi congreso. Me dijo que la última vez que lo vio fue en Los Angeles, unos meses antes y en una reunión a la que asistía gente de todo el continente. Un grupo en el que estaba mi amigo salió a comer y luego a tomar unos tragos. Al regreso se encontraron con un tipo que llegaba abrazado a una mujer, tan borrachos que cayeron al piso del lobby del hotel. Los ayudaron a parar y no sabían dónde estaban. No podían hablar. Estaban borrachos como cubas.


El hombre era el mismo personaje que vi en Bogotá abrazando a dos mujeres y escapando de la ponencia que tenía que dar. Mi amigo lo conocía y ayudó a identificarlo con el personal del hotel para que lo llevaran a su habitación junto con la mujer. Es un tipo raro ese ex ministro, me dijo mi amigo cuando terminamos el almuerzo. Es un gran juerguista, le dije y reímos recordando al personaje y sus parrandas. 

jueves, 23 de mayo de 2013

Retina


Este track es mi primera producción en un ipad. El encanto estuvo en el sonido del contrabajo y fue la inspiración para el resto.

 

domingo, 19 de mayo de 2013

El fin de una historia


Soy Filipo y despierto aún borracho. Estoy en mi cama, vestido, con los zapatos puestos y el sentimiento de culpa resultante de tres noches de fiesta, poco dinero en los bolsillos y un dolor de cabeza insoportable. Siento hambre y salgo de la cama para buscar algo de comer, luego de unos minutos de espera para que mi cabeza despierte.

Fueron tres noches de parranda del infierno. No veía el sol desde la tarde del jueves y ahora es domingo en la mañana. Buen momento para estar en casa, lejos de la gente que sale a la ciclovia. Anoche llegamos en un taxi, Enrique adelante y en el asiento de atrás nuestras dos acompañantes de la noche y yo. De las noches, pues se quedaron con nosotros en esta juerga desde el inicio: llegaron a nuestra mesa en un bar del centro de la ciudad, preguntando por nuestro próximo concierto, las invitamos a unos tragos y así seguimos hasta el domingo, buscando antros dónde seguir la fiesta, casas de amigos disponibles y más antros.

El taxista estaba molesto y amenazó con dejarnos en el camino si alguien vomitaba. Enrique contó una historia de nuestra gira por Estados Unidos y trató de echarse al bolsillo al tipo. Una de las mujeres estaba mareada y vomitó junto a mis pies. Yo grité y reí en ese momento, celebrando la historia de Enrique y como pretexto para que el conductor no se diera cuenta de lo que pasaba atrás. No recuerdo nada más. 

Solo fue un sueño, me digo sentado en la cama. Nada de eso. Pasan unos minutos y vuelvo a la realidad. Mi casa, nuestra casa. Llevo un par de meses viviendo en el mismo pequeño apartamento con Enrique y Paula, su mujer. Por una noche, la mía. Cuando los ingresos de la banda comenzaron a bajar decidimos vivir juntos, compartir un apartamento y así ahorrar algo de dinero. No habría pasado nada entre Paula y yo si no fuera por este espacio en común. Nuestra banda sobrevivió por este esfuerzo de convivencia que está a punto de terminar.

Sirvo un vaso de jugo de naranja y lo acabo de un solo sorbo. Caliento agua para el café y saco huevos y jamón de la nevera. Mientras preparo el desayuno recuerdo cuando la semana pasada citamos a nuestro manager en un bar. Discutimos sobre un posible contrato discográfico lleno de exigencias ridículas y luego de una botella de whisky llegamos a una pelea en la que Enrique, después de varios puños y patadas, rompió un vaso en su cabeza. Los de seguridad nos separaron y llamaron a la policía. Él pasó una noche en la estación y yo me quedé con Paula en la casa. Así sucedió lo nuestro.

Siempre me gustó Paula. Alta, blanca, delgada, pelo negro largo y ojos azules. Nadie pensaría que tiene dos hijos y un ex marido. Fue amable conmigo desde el inicio y veía algo más en sus ojos, pero no quise cruzar la raya hasta el día de la pelea en el bar. Esa noche después de la pelea estaba sola, cansada de todas las mujeres en la vida de Enrique y de la falta de dinero de los últimos meses. Ella fue a buscarnos a la estación de policía y regresamos juntos. En la casa tomamos una botella de vino, compartimos un cigarrillo y una cosa llevó a la otra, nos besamos y al final amanecimos en la cama de Enrique, mientras él dormía en la banca de la estación de policía y nuestro manager en un hospital. Qué noche fue esa. 

Los huevos están listos. Pongo un par de tajadas de pan en la tostadora y mantequilla en la mesa. Sirvo más jugo de naranja en el vaso y café en una taza blanca. El vaso largo de vidrio me recuerda al que Enrique rompió en la cabeza de nuestro manager y me río solo. Enrique y Paula aun duermen. La pelea de esa noche en el bar solo fue la última de muchas situaciones que llevaron a la banda a su final. 

Antes fue el asunto de la disquera. Esto sucedió el año pasado, cuando Enrique cazó una heroica pelea con un gran sello discográfico. No solo rechazó el trato sino que mandó a comer la mierda que encontraran a los directivos, al no dejar que “productores proxenetas” manosearan sus canciones, lo obligaran a escribir y cantar un mínimo de material comercial en cada disco, y cumplir con otra serie de estupideces de las que hablan los empresarios. Yo lo apoyé esa vez y aun comparto cada uno de los ideales que Enrique defendió. Sin embargo sabía que esa jugada no nos dejaría bien parados. En el mundo mafioso que es el espectáculo se paga un precio alto cuando se hacen cosas así.

Sin embargo siempre quisimos ser independientes y no arrodillarnos ante las condiciones de los oportunistas. Combatir al sistema, ser originales y libres. Sin límites. Pero sí que los hay. Y lo vivimos como individuos, cansados y conscientes del peso del desgaste de los años. Mi relación con Enrique perdió el encanto por la misma razón por la que me acerqué a él la primera vez que lo vi cantar: talento para actuar, escribir y ningún cuidado respecto al mundo que lo rodea. Solamente estaba él. Creo que el asunto entre nosotros tuvo que ver con estar saturados, el uno del otro. Llevábamos mucho tiempo juntos y todo se había vuelto aburrido y predecible. Seguíamos siendo cómplices de juerga, pero el entendimiento ya no era el mismo, por supuesto tampoco lo era ya la banda.

Y Paula en el medio de los dos. Siempre me pregunté cómo soportaba a Enrique y nuestras parrandas interminables, con mujeres nuevas cada noche y ninguna certeza de la hora de llegada a casa. Paula dejó de ir a los bares en que tocábamos luego de un año de vivir con Enrique. Se cansó del ritmo de la fiesta. Incluso con ella presente, Enrique hacía de las suyas y entre los dos repartíamos las ganancias de la noche. Y no hablo de dinero. Para él era algo tan natural y libre que nada podía hacerle cambiar de parecer. Y todos compartíamos el mismo credo, ella también. 

Enrique y Paula salen de su cuarto mientras termino el desayuno y se sientan en la mesa. Enrique y yo nos miramos con complicidad y aguantamos la risa cuando vemos la expresión en la cara de Paula. El ambiente se siente mal. Son demasiadas historias entre nosotros y el cansancio es evidente. Pasan unos minutos y luego Paula dice que irá a visitar a una amiga. Enrique la sigue al cuarto, cierra la puerta y discuten algo. La conversación sube a nivel de gritos y Paula sale del apartamento mientras dice que no volverá jamás. Ya habían peleado antes, pero nunca como esta vez. 

Me siento cansado y aturdido así que vuelvo a la cama, cierro los ojos y trato de poner mi cabeza en blanco, olvidar y dormir por un rato. Tengo la certeza de que no volveré a ver a Paula. Tomo el poco de agua que queda en el vaso que tengo en la mesa de noche y me siento vacío y cansado. Quiero dormir y que este día acabe para comenzar uno nuevo.

lunes, 6 de mayo de 2013

Santo Domingo


Soy guitarrista. Tengo algunos tracks en Soundcloud. Soy rockero y me gustan las distorsiones de tubo y el delay de cintas. Santo Domingo es una introducción, cargada de guitarras y sintes de guitarra.




martes, 30 de abril de 2013

Martes es mejor


Me levanto temprano en la mañana, desayuno y me tomo un purgante. Llevo meses de comida basura y cae bien limpiar el cuerpo. Salgo en el carro y llevo a mi hermana a su oficina. Luego entro a Granahorrar para dejar el carro mientras hago una vuelta cerca. Salgo del carro y camino hasta el ascensor más cercano, que me deja en una salida nueva para mí, en un callejón que desemboca en la 11. Aun tengo sueño. Qué diablos, pienso, necesito un café antes de hacer cualquier otra cosa.

Entro al centro comercial y recuerdo sus corredores que en los ochenta estaban cubiertos por tapete. Parecía una extensión de tu casa, muy acogedor, no hacía frío. Un dolor de cabeza en términos de aseo pero ese no era mi problema. Así que me quedo con la agradable idea del centro comercial entapetado que invitaba a caminar descalzo.

Me quedo en uno de los dos cafés de la plaza principal, el que tiene un sofá disponible con un periódico del día en la mesa. Voy a la caja y la mujer que atiende está más dormida que yo. Saca un par de billetes de la caja registradora, una factura y me las entrega.

- Eso no es mío, acabo de llegar. Le digo y le devuelvo lo que me acercó en el mostrador.
- Buenos días señor, un momento.
- Un café americano.

Tomo el café mientras ojeo el periódico y a una gatita a dos mesas de la mía, con su estrecho vestido azul y carpeta empresarial del mismo color. Voltea a mirar hacia mi mesa y atrás mío. Está sola en la mesa, lástima que sea tan temprano y sin un par de tragos encima para atacar. Llega la persona a la que espera y mi estómago se revuelve. Purgante y café son una mezcla efectiva. La evacuación está próxima.

Comienzo a caminar por los corredores caprichosos en búsqueda de un baño. Paso por un local de discos aun cerrado, otros de carros y plumas ya abiertos y veo un baño al fondo. Entro y veo que está ocupado. Habrá que ir al segundo piso, pienso.

Subo las escaleras y veo una pareja sentada abajo en una silla, el tipo en papel de difícil y ella tratando de darle un beso. Llego al segundo piso y camino hasta el baño. Misión cumplida. Me siento claro y despejado y mientras camino veo algo en el fondo, en una esquina del tercer piso. Tengo que comprobarlo. Hace mucho tiempo que no veía ese local.

Es Domo, la pizzeria familiar con banda en vivo y baja luminosidad propicia para atacar a una gatita como la azul que estaba en el café del primer piso. Ahora es un local que tuvo épocas mejores. Lo digo porque ya no tiene el espacio para la banda. Bueno, aun no es mediodía, pienso, puede que lo organicen después. Recuerdo cuando tenía 10 años y había un comercial en la tele de Domo. Fue un hit en su época. Hoy es un restaurante más para las oficinas de la zona.

A la vuelta encuentro dos locales de venta de discos, increíble, en esta época de crisis del mercado discográfico Granahorrar (ahora tiene un nombre distinto pero me da igual, para mí sigue siendo el centro del logo de los caballos y se llama Granahorrar) tiene tres tiendas en el tercer piso. La otra hace parte de una gran cadena, pero las dos que tengo al frente son independientes. Incluso una de ellas no tiene nombre. Entro sin pensarlo dos veces.

Acaban de abrir, el local es pequeño y tiene dos empleados. Un hombre que está llegando a los cincuenta y una mujer tal vez unos 10 años menor que el tipo. Los dos tienen pereza, me miran sin hablar y yo tampoco quiero hacerlo, así que entro y comienzo a revisar sus estantes. Mucha música en promoción, buena parte del catálogo de discos Fuentes, cine colombiano en DVD, afiches de Metallica y Guns N' Roses. También hay juegos de mesa y algunas porcelanas.

Me detengo un rato en una edición de Blue Lines de Massive Attack, remasterizado en 2012 y en una hermosa edición de caja de cartón. En la parte posterior hay un diseño impreso del embalaje de la caja, de tal forma que cada canción hace parte del mapa como una pieza del engranaje. Aunque la edición supera a la que tengo en casa, no se trata de mi álbum favorito. Para mí Massive Attack es Mezzanine, ese oscuro, inteligente y sensual disco de 1998. Y lo comprobé al verlos en Barcelona. Mientras esto sucede el tipo mayor alardea a la mujer con sus ventas del día anterior:

- Sabe, ayer vendí el tablero de ajedrez, le dice a la mujer.
- ¿En serio? No le creo, responde ella mientras levanta varias pilas de libros, hasta que encuentra el tablero. ¿Y esto qué es, ah?
- ¿Qué le dije yo? ¿El de ajedrez? No, vendí fue el de parqués.
- Sí, como no, y se ríe mientras saluda a una vecina del local de al lado, que pide cambio para un cliente.

Salgo del local. Todo este tiempo he estado escapando a la vuelta que tengo que hacer esta mañana. Una cosa llevó a la otra. El ascensor equivocado al café, este al baño. El baño a Domo sin espacio para la banda, y luego al local de discos. En un arranque de productividad que duraría poco, bajo las escaleras y a mitad de camino veo una oficina del periódico que tiene en estos días una colección de música clásica de la que ya tengo dos números en casa. La oficina está al extremo del tercer piso así que tendré que bajar para volver a subir.

En esas estoy cuando veo en la misma silla de abajo a la pareja, el tipo todavía juega al difícil y ella da besos y lo abraza. Qué vagos, pienso. Me gusta su actitud. Llego a la oficina y los dos empleados hablan por teléfono en actitud relajada. Nada de tono comercial, ni esa falsa cordialidad del telemercadeo. ¿Quién fue el imbécil que trajo esa pesadilla al mundo moderno? Los call centers están de moda y dicen los expertos que Colombia tiene una ventaja competitiva en esa desesperante actividad.

La señora deja su llamada con un singular y lento "ya vuelvo", segura y tranquila. Le pago y me entrega una caja con cinco discos de Tchaicovsky y salgo feliz. Ahora sí puedo ir a hacer mi vuelta. La señora vuelve al teléfono y habla sobre el almuerzo. Bajo las escaleras y la pareja sigue ahí. El tipo cedió y ahora se besan. Camino por uno de los corredores laterales y me hago a un lado cuando pasa un empleado con una máquina para limpiar el piso. Recuerdo el tapete, Domo en su época de furor y el cine barato luego de las 10 de la noche al que venía con amigos del colegio. Épocas ociosas, y personajes ociosos que siguen pasando sus días en este sitio que solía llamarse Granahorrar.

lunes, 29 de abril de 2013

Las cosas perdidas


No es fácil perder una guitarra o un computador, pero cuando pienso en cuántas sombrillas y cuántos teléfonos celulares he perdido en menos de diez años me asombro. Son muchos y cada objeto que ya no está conmigo me lleva a una historia particular en un momento de mi vida.

Respecto a las sombrillas, recuerdo una que mi mamá guardaba con especial cuidado. Pequeña, azul, de finos brazos metálicos y elegante mango negro. Accedió a prestármela para que no mojara mi vestido nuevo; yo tenía 20 años y comenzaba a trabajar en esos días. Llovía mucho y tenía que ir a una reunión al centro. Tomé un taxi, llegué a mi reunión a tiempo y en el camino había escampado. Bajé del taxi, entré a la reunión y luego de un rato caí en cuenta que la sombrilla ya no estaba conmigo.

Con los teléfonos, recuerdo varias parrandas en las que desaparecieron, así como un par de atracos, uno en el centro de la ciudad cuando salía de la universidad, y otro una noche borracho, al salir de un bar y un grupo de adolescentes, gañanes y algunos con cuchillos, me hicieron entregarles mi billetera y un viejo motorola gris, que tenía un juego en el que caían números desde la parte superior de la pantalla y el rollo era tocar la tecla respectiva a cada uno antes que cayeran al piso.

Pero nada se compara a no tener sueños que recordar. Cuando perdí mis sueños hace un par de años me sentí vacío; una simple máquina de trabajo encargada de tareas específicas que se cumplen de manera aceptable. Fue aterrador. Siempre se sueña, solo que a veces los sueños no se recuerdan al despertar.

Solía soñar mucho cuando niño. Sueños muy vívidos. En especial recuerdo dos: uno en el que estoy solo en la mitad de un coliseo romano y un león viene hacia mí. En el otro, el más importante para mí, estoy parado en la carrilera y el tren está a punto de pasar, así que me lanzo al verde prado para salvar mi vida, todo esto mientras mi hermana y mi tía me ven desde el carro parqueado a unos pocos metros de la carrilera, y ríen a carcajadas. Yo me pregunto ¿cómo pueden reír si estuve tan cerca de la muerte? Pero siguen riendo. Durante años repetí tantas veces la historia a mi hermana, que terminamos por creer que era verdad. Mi sueño se convirtió en nuestra realidad, un extravagante recuerdo de un momento que construimos con palabras, no con hechos, y gracias al nivel de confidencia que solo se puede desarrollar entre hermanos.

Pienso en las causas para haber dejado de soñar y encuentro que la razón mal enfocada se convierte en un instrumento nocivo para los sueños; al caer en la trampa de sentir que ya se realizaron, o peor aún en la de la seriedad que exige la edad adulta: el ser realista. En fin, toda una serie de represiones que con el paso del tiempo se sienten más y más. Creo que la razón es solo una herramienta que debe ayudar a buscar la felicidad. Y esto es lo único que importa.

Es necesario romper con los paradigmas que limitan la libertad del individuo. En un mundo obsesionado con el dinero y las apariencias es fácil perderse a la vuelta de la esquina y a cambio de unos cuantos pesos en la cuenta bancaria. Es una lucha, un jaleo diario entre el ideal y la necesidad material. Por otra parte, dejar a un lado la obsesión por el control, permitir que la esencia fluya y la inspiración se mueva a su ritmo.

Recuperar mis sueños en las mañanas es alentador. Saber que una fuerza inconsciente trabaja y genera historias es algo misterioso y encantador. Los escribo y trato de recordar cada sensación, cada color, cada persona. Casi es medianoche, estoy cansado y quiero saber qué sucederá al apagar la tele.

De regreso al blog


Creo que cada momento deja una huella y de una forma u otra condiciona lo que vendrá en adelante, por acción o reacción, causa y efecto. Pienso que las cosas no suceden en vano, y que cada acto es material para la experiencia creativa.

Este blog estuvo abandonado por mucho tiempo.  Lo comencé hace seis años con escritos de la época en que probaba suerte con mi banda de rock, Singol Servin; las canciones se convertían en cuentos y las historias me daban material para algunos versos. El grupo se acabó en una época en que comenzaba a sonar bien como power trio, y lo mismo sucedió con mis escritos. Pero esa es otra historia. Lo importante por ahora es que el blog estuvo abandonado por algo más de 5 años.

Hoy es lunes, cuesta trabajo llegar a la oficina, comenzar semana y lo demás. El día comenzó soleado pero a mitad de mañana las nubes anunciaron la lluvia que llegaría al mediodía. Luego de leer las noticias del fin de semana, revisar la correspondencia, enviar mensajes y atender una llamada,  comencé a revisar el disco duro de mi portátil, en busca de algo, no sé qué exactamente, pero con el fin de subir mi ánimo. No sé cuánto tiempo pasé en esto, ni cuantos documentos revisé en total. Encontré un texto, guardado por última vez en 2010, y titulado “un paseo inmoral”. Lo leí y me reí por un buen rato. En esencia me gustó, y solo necesitaba unas frases para terminarlo. Así que sin pensarlo más, escribí un par de líneas y estuvo listo. Mi siguiente pensamiento fue sobre este blog, y los varios años que lleva sin una entrada nueva. Para cuando sucedió todo esto, ya era hora del almuerzo y me esperaban en casa de mis papás, así que dejé hasta aquí el asunto y me fui a comer.

Cuando llegué a casa de mis papás, encontré a mi viejo sentado en una silla, rodeado de montañas de papeles, libros y carpetas. Parecía que los dos pasamos la mañana buscando algo entre nuestros escritos, lo cual me pareció divertido:

- ¿Estás empapelado? pregunté.
- Sí. Estoy buscando algo que escribí hace unos años, me respondió.
- Qué curioso. Yo hacía lo mismo en la oficina. ¿Escritos sobre qué?
- Sobre historia política reciente, algo de la época de Barco. ¿Vé, y sabes qué habrá pasado con esto? Quisiera retomarlo.

Me entregó una hoja donde escribí la dirección web de su blog y sus contraseñas, hace un par de años. Me sentí asombrado. Mi papá y yo no solamente pasamos la mañana buscando escritos entre nuestros archivos, él en su casa y yo en mi oficina, sino que también tuvimos el mismo deseo por escribir en nuestros blogs abandonados.

- No sé, pero te lo puedo decir ya, dije.
- Maravilloso.

Busqué en mi teléfono y vi que su blog seguía abierto. Por supuesto el mío también.

- Bueno, pues parece que es un buen día para publicar, le dije.
- Ya está el almuerzo, vamos.

Debajo de estas líneas está la historia que encontré en mis archivos. Un paseo inmoral, inspirada en la canción de Cerati y en historias de parrandas en la oscura ciudad que es Bogotá.

Un paseo inmoral


La primicia del día en el noticiero de la noche: Miko Leghamer capturado al llegar de Panamá, perseguido por la ley luego de una caída operación conjunta coordinada por Lucho Matanzas, granuja dedicado al tráfico de cocaína y propietario de una red de camiones distribuidores de harina de panadería. Leghamer era una lacra perseguida por las autoridades europeas por estafa en venta de vehículos, además del asunto de las drogas, y había quedado en entregar 500.000 verdes a Lucho por el negocio en Panamá. Parece que no cumplió el pacto y alguien lo delató. Miko fue capturado al entrar a Colombia, fingiendo ser holandés,pero con esa pinta de gañán criollo y acento sureño, solo un idiota podría haber caído en su patraña.

Apago la tele, sigo bloqueado, llevo días sin escribir una maldita nota y comienzo a desesperarme. Nada tiene sentido y no encuentro una idea, un sentimiento digno de mi hermosa Casino, la misma guitarra de Lennon y Harrison en la Caverna, me digo para darme ánimos, pero no funciona para nada.


La semana pasada quedé en salir a tomar unos tragos esta noche, con Joao Fandango y Jerónimo, viejos amigos que no veo hace algún tiempo. Joao viajará pronto así que es la última oportunidad de pasar un rato juntos. Hago un par de llamadas y por lo que me cuentan, estaban el uno escribiendo en su casa y el otro haciendo compras en el supermercado con su mujer. Quedamos en vernos en la casa de Joao. Jerónimo estará cerca, pues visitará la obra del local que remodela a unas pocas cuadras. Iremos a evaluarlo y a estrenar, dice Fandango. La noche será divertida.


No hay alivio en el placer, pienso, pero una botella helada de antioqueño funciona bastante bien. Jerónimo logró escapar de su mujer esta noche y ahora da patadas de ninja a la botella y frena justo antes del impacto, al estilo Mortal Kombat. Somos la primera generación Nintendo, y nuestros cerebros quedaron afectados con la consola ochentera, y luego más con la llegada del adaptador Nichiman/Nintendo y su versión Family/Nintendo.


Otra vez estamos sin mujeres, excepto Jerónimo. Fandango y yo terminamos con nuestras novias en el último mes, y el ambiente se calienta con los tragos, así como los chistes sobre las payasadas en común de años atrás. Va la segunda botella de antioqueño. Salimos a la calle, pasamos por el local que Jerónimo remodela, una tienda de artículos de lujo, aun en obra negra. Venga lo inauguro, dice Joao, y se orina en la esquina de la puerta de vidrio, mientras yo muero de risa y Jerónimo trata de no hacerlo, algo herido en su orgullo. Tomamos un taxi y nos dirigimos a la siempre abierta y oscura ciudad.


Llegamos al antro. “En viaje hacia la redención, la luz no deja de pulsar”, canto en mi cabeza: está en todos lados, viene y se va, al igual que un láser y el reflejo en la bola de cristales que cuelga en el centro de la pista; en frente nuestro una despedida de soltero termina con dos mujeres desvestidas de policía y solamente con sus cascos de motocicleta puestos, en una guerra de espuma que hace del homenajeado un desastre. El show que presenciamos es inspirador. Ya van tres botellas de antioqueño y otra frase de Cerati da vueltas en mi cabeza: dame algo dulce nena, suelo volver amargo; las mujeres abundan por todo el lugar, y de todos los tipos. En la pasarela la chica principal tira sus medias a un desprevenido espectador de primera fila, un baboso que luego recibe un golpe en la nuca del líder de su grupo, persuadiéndolo de cederle las medias al jefe de la manada.


Comenzamos a desaparecer, uno a uno, retirándonos por un corredor oscuro. Cuando regreso encuentro a Fandango llorando en la mesa; en un par de días se irá a vivir a Francia y borracho, se ha puesto sentimental. Un par de tragos y la fiesta sigue como si nada. Jerónimo regresa a la mesa y se despide, dice que se va a cuidar a su vieja: “creo que tiene gripa, ¿me presta su chaqueta?” La situación es absurda y yo estoy muy borracho, así que solo puedo decirle que es una pena que se vaya, pero que se olvide de llevarse mi chaqueta.  


Cuando salimos del antro es de día y el sol brilla en el cielo, deben ser casi las siete de la mañana. Siento ganas de vomitar y un cosquilleo horrible en el cuerpo al ver a las familias que hacen ejercicio por las calles. Es domingo, la ciclovía ha comenzado y nosotros no hemos terminado la noche. Siento frío, la boca seca y caminamos por inercia. Entramos al supermercado más cercano, y mientras busco agua Joao desaparece. Doy un par de vueltas por el local y lo encuentro saliendo de la panadería: se está comiendo una almojábana, el muy asqueroso. No tengo nada en contra de las almojábanas pero, ¿en ese momento? Es increíble. Me da náuseas verlo, y es peor cuando oigo su propuesta: “sigamos caminando, el día está bien para hacer ejercicio”; le digo que está loco y tomo el primer taxi que veo en la calle y lo arrastro conmigo. Es hora de dormir, no soporto la calle y sus habitantes diurnos. Me quedo primero yo, Fandango sigue a su casa.


Despierto en la tarde del domingo, me siento un poco borracho, pero ya recobré mi movilidad normal y el habla sin trabas. Estoy eufórico, siempre sucede durante el par de horas previas al guayabo, así que cojo la guitarra, la conecto al ampli de tubos y encuentro un par de acordes distorsionados que reflejan mi estado de ánimo y comienza un caótico proceso de composición. Queda poco tiempo antes de caer en la depresión del guayabo, y las notas e ideas son lo que queda de una noche de juerga: un juego de azar, mi realidad y el Trip Despierto. Un paseo inmoral y su banda sonora.